1° A 48 hs. de la India

15-11-2011

            Aproveché la mañana para dormir un poco más de lo normal a sabiendas del día que tenía por delante (tenía que tomar dos vuelos con unas 22 horas de espera entre uno y otro). Puse una película en la computadora para mirar de reojo y comencé a armar la valija, una vez más. Para no cometer ningún error que estropee el día me fijé el horario por enésima vez: 18:30 decía el pasaje. Al medio día terminé con todas mis obligaciones, por llamarlas de alguna manera, y salí caminando, con ambas mochilas cargadas, hacia la terminal.

Problema #1: la puerta está cerrada con llave y no tengo copia alguna. Llamé un par de veces a Ricardo, quien me hospedó en Praga, pero no tuve éxito. Llamé a sus compañeros del departamento; escuché el teléfono sonar dentro de la casa. Fantástico ¿Cómo salgo? Me puse un poco histérico, revisé toda la casa en busca de una llave que salvara mi vida y hasta probé abrirla con un clip (ríanse lo que quieran, pero si la abría este cuento era distinto!). Finalmente llegó un yankie que también vivía ahí, le agradecí con un gran abrazo, que ahora entiendo quizás era demasiado argentino para un tipo de Dallas, y pude salir.

Acompañado por un clima bastante frío, una mochila en la espalda y otra en el pecho, caminé Praga de punta a punta. Mientras, frené en cada maldito negocio de recuerdos y en cada iglesia en busca de la santa estampita que la más religiosa de mis tías me había encomendado. El reloj de mi celular daba las 15:30. -No estoy lejos de la parada de colectivos- pensé. Difícil fue encontrarla. Problema #2. Frené a una señora para pedirle indicaciones. – Do you speak in english? No. Ok (saco el mapa y señalo) Florenc?.-  ¿¡Para qué!? La vieja me entra a hablar en checo así como si fuese el idioma más fácil del mundo. Asiento con la cabeza una y otra vez, repito lo que dice, me pongo a pensar lo boludo que quedo repitiendo y asintiendo. Repito y asiento una vez más. Agradezco y sigo. A las 16:30 llegué al aeropuerto. Puntualidad ante todo. Claro, sólo yo creo en eso… “Delayed” anuncia el maldito cartel de salidas. Aproveché un par de horas hablando con amigos por el increíble aparato celular hasta que, caminando por el aeropuerto, descubro un bar en donde también se permite fumar. Éste es mi lugar.

El único asiento en la barra, en el que me quería sentar, estaba al lado de una rubia muy hermosa. Y bueno… Pedí una birra. Al instante, la rubia me pregunta a dónde iba y por qué. Me acomodo el pelo, sonrío, le respondo y le devuelvo la pregunta. “Voy a Siria, vivo ahí con mi marido y mis dos hijos”. Listo, clarísimo. Me fumé todo el álbum familiar de la chica que vive en Damasco (así también tenía el culo). Otra birra. A las 20:00 anuncian la salida del vuelo. Caminamos juntos. Todos me miran, bah, todos la miran a ella pero luego me tiran un mal de ojo extra celoso.

Apenas me subo al avión conecto mis auriculares (unos nuevos de segunda marca porque los buenos me los olvidé en lo de mi primo en Roma) y pongo cualquier canal. Pasan música clásica, la dejé todo el vuelo. Desde el inicio todo pareció acompañar la música. Los movimientos de la azafata en el pequeño televisor indicando las salidas, la manera en que el gordo barbudo de la fila de al lado pasa las hojas del diario, la vieja que se acomoda para intentar dormir… hasta la turbulencia iba en sintonía con el ritmo de la música. De repente me pareció escuchar el himno argentino, busqué por toda la revista del avión qué música era y encontré un nombre. Cuando consiga conexión a Internet voy a buscarlo, porque de verdad que era increíble. Seguro me voy a olvidar de esto y, disfrutaba tanto el viaje que ni quise molestarme en anotarlo. Después de la comida, que consistió en pollo con verduras (el genio del chef incluyó unos pedacitos de coliflor) nos trajeron un café y nos dieron unas nueces turcas, son como las que tiene el Ferrero Roger, exquisitas. Recuerdo del capítulo de Friends cuando Ross y Rachel se embriagan y abren las nueces… no cualquier tipo de nueces “macadamia nuts”.

Llegamos a Turquía tras un aterrizaje normal. Cuando me bajé del avión nos metieron en un mini colectivo que nos llevó hasta el aeropuerto. Afuera, la temperatura es de algunos grados bajo cero. Miré hacia cada extremo en busca de un poco de aire. A pesar de mi destino final, sufro de una extraña claustrofobia: psicológicamente detesto la abundancia de conglomerado social (menos en la cancha de Boca).Las ventanas están cerradas, empiezo a sentirme cada vez más incómodo hasta que… bueno… el coliflor hizo su efecto y en honor a mi gran amigo Manuel, dejó que el culo hable pero en silencio, miro con mucho enojo y a modo de culpa a todos a quienes me rodean mientras río en mi interior.

Me restan “sólo” 17 horas para tomar el siguiente vuelo. Salgo a fumar un cigarrillo y cuando vuelvo a entrar tengo que pasar por el detector de metales y me revisan hasta las medias. Le explico a la chica que acabo de bajar del avión, que salí a fumar un pucho y nada más. Me dice que tengo que pasar por ahí si o si, todas las veces que salga a fumar. Parece que es un buen momento para dejar el cigarrillo. Encontré un bar con Internet, me pido una birra… cuál? Efes! Soy un campeón tengo mi propia birra. Como no me puedo conectar, puteo un poco pero no es mayor problema. Les escribo esto, tomo otra “efes” y pongo una película.

Espero estar en India para el próximo capítulo.

Sean felices.