1° Una mochila llena de …

Pasadas las 8 de la mañana Enrique, ya vestido con sus clásicos pantalones caqui y camisa a cuadros, forzó la cerradura y logró entrar a la habitación de su compañero. Sobre la cama, ubicada en el medio del cuarto, Toni se encontraba desnudo, boca abajo y con una lastimadura a piel viva que parecía haber dañado el enorme Ave Fénix que tenía tatuado en el omóplato izquierdo. Parecía haber sido arrastrado varios metros sobre el empobrecido asfalto. “Henry” socorrió a su amigo cual hermano mayor.

La pequeña habitación del departamento en Caballito estaba echa un desastre por donde se la mire. Sobre la silla, frente a un viejo destartalado escritorio que se encontraba debajo de diarios y una decena de cds, descansa una muda cubierta de sangre y manchas negras de aceite de motor. A un costado de la cama un charco de vómito contagiaba su hedor con el resto del aire.

Entre todo un laberinto de tinieblas iluminado por las descargas sinápticas, el primero en  despertar fue mi cerebro; malhumorado, quejoso, insultaba al ejército de pequeñas criaturas que invadieron cada recoveco a lo largo de la noche. Mis tímpanos funcionaban como un amplificador de ondas sonoras. El maldito celular de Enrique no paraba de recibir mensajes. Al abrir los ojos, observé su rostro llenarse de calma. Se excusó por los constantes llamados y prometió volver al medio día. Con esfuerzo observé el número encargado del molesto ruido y lo reconocí. El banco. Hacía meses que ya no trabajábamos juntos, no éramos amigos, pero nos cubríamos las espaldas. Antes de salir a esperar el colectivo, Enrique me dijo llamaría al taller mecánico donde ahora trabajo para anticipar mi ausencia.

El baño del departamento no lucía mucho mejor que la habitación. El lavatorio parecía la escena de un crimen. Al pararse frente al espejo Toni logró, con gran esfuerzo, abrir sólo el ojo izquierdo. De a poco limpió sus heridas y se volvió a la cama, no sin antes llenar una media con hielos y buscar una botella de agua en socorro al resto del deshidratado hígado.

Tres horas después, el insistente sonido del celular venció en la pelea contra la almohada. Revoleando manotazos, Toni intentaba callar el aparato. Al abrir los ojos, vio que sobre la mesa de luz sólo se encontraba una caja de cigarrillos por la mitad; los pocos que lograron sobrevivir a la noche anterior. Salió por el otro lado de la cama para esquivar el charco de bilis seca, pero tropezó con una mochila negra regalándole a su cuerpo un nuevo golpe.

Descargué con cuanto sustantivo se me cruzó por la cabeza. A Enrique, al alcohol y a los malditos moretones que me decoraban la jeta; pero sobretodo a la puta mochila que ni siquiera me pertenecía. Desde el piso descubrí que el timbre del celular salía desde la misma. Era pesada. Tanteé dentro de ella y encontré el aparato que había recibido decenas de mensajes de Enrique. Otra textura dentro del interior de la mochila llamó mi atención. La di vuelta sobre la cama. Uno, dos, tres… no sé cuantos fajos de a billetes de cien. Encendí un cigarrillo. ¿De dónde mierda habían salido? La mochila aún llevaba su peso. Seis, siete, ocho fajos más y una pistola 9mm cayeron sobre mi sábana sucia.

El celular volvió a sonar…