10º Delhi Catessen

 

Junto con los hermanos Fox (Ben y Tom) nos bajamos del tren en la estación de Delhi un poco desorientados. Por una de esas sincronicidades bizarras que tiene la India, un local que viajó junto a Tom se dirigía hacia el mismo lugar que nosotros y nos acompañó en el taxi hasta las proximidades del hotel donde se alojaban. Fuimos a dejar las valijas y sin descanso alguno fuimos directo hacia el primer restaurante que encontramos.  “El viajar es un placer” dice la famosa canción, pero debo ser sincero que no tiene nada de placentero viajar bajo las condiciones en las que me está tocando. Simplemente no es sano, no genera felicidad. Claro, siguen mis constantes visitas al baño.

Mi primera impresión de la capital fue como la de cualquier otra gran ciudad: ruidosa, sucia, molesta, sobrecargada de rickshaws y vendedores lima cerebros. Aún así estaba feliz por el reencuentro con mi amigo canadiense y por haber conocido a su hermano con quien dimos comienzo a una buena amistad. En lo que a mi respecta, sentía el estómago vacío y con demasiadas ganas por llenarlo. Ordené algo poco saludable para mi averiado estómago y dejé que el destino juegue alguna de sus cartas sin importar sus consecuencias. Sí que necesitaba comer algo sólido, la última comida de verdad había sido aquél medio día en Khajuraho (la maldita tortilla y las cebollas fritas), mientras que en el tren sólo piqué algunas galletitas saladas.

Una vez satisfechas nuestras necesidades básicas emprendimos nuestras respectivas misiones, ellos intentarían contactar una amiga con quien se quedarían esa noche; yo deseaba poder comunicarme con Eugenia, la prima de mi amiga Mili Curto, que trabaja en la embajada y está viviendo en la ciudad. La fortuna no estuvo de nuestro lado en el primer intento por lo que decidimos dar un poco de tiempo y buscar un lugar para tomar un chai. Ellos me ofrecieron quedarme en su habitación, una cama suficientemente grande como para los tres, sino, dormiría en el piso sin problema dado que los precios de los hoteles en Delhi exceden por demasía mis expectativas. Pude comunicarme con mi amigo y compañero de cancha Paquito Monclá y él me mandó el nuevo teléfono de la embajada dado que la habían mudado y yo no estaba al tanto de ello. Lamentablemente corrí con el mismo destino desafortunado, a lo mejor era demasiado tarde para encontrarla allí, pero no fue así para mis amigos. Ellos se contactaron con su amiga y decidieron tomar un taxi hasta su casa donde pasarían la noche e irían luego al aeropuerto para emprender un nuevo viaje por Europa. Antes de partir me dejaron algunas cosas que me resultaron de mayor utilidad: un par de remeras, una red anti mosquitos, una hamaca paraguaya y una mochila buenísima para trekking y escalada. Empacaron sus cosas, nos despedimos en repetidas oportunidades en la puerta del hotel y ya… Otros amigos más que vale la pena mencionar y se han ganado unos párrafos en este diario. Nos volvimos a despedir. Nos despedimos una vez más… En ese momento, el dueño del hotel se dio cuenta de lo que estaba pasando: yo me quedaría en lugar de ellos y la idea era evitar pagar la habitación dado que ellos ya habían cubierto ese gasto. “New guest, new room“ y empezaron las discusiones de por qué debía volver a pagar si ellos lo habían hecho… “New guest, new room”. Maldito cazafortunas (lo de “fortuna” igual no es mi caso, pero así es la palabra). Después de pelear un poco el precio terminamos en un acuerdo, conmigo poco de acuerdo, en el que pagaría sólo la mitad del costo, 200 rupias. Una nueva despedida y “see you somewhere…”.

Hallábame solo por primera vez en mucho tiempo. A decir verdad, uno en India, por más que viaje solo, siempre está acompañado o encuentra la manera de estarlo. Aunque en este caso si estaba completamente solo desde aquella noche en la estación de tren de Vasco da Gama.  Observé las cómodas características de la habitación. Mentira. Lo primero que hice fue prender la tele y buscar los canales de películas o series en inglés. No lo puedo creer, no sólo tienen Sony, sino que están dando una maratón de “Scrubs”. Perfecto. Decidí castigar un poco más mi estómago y fui en búsqueda de unos chocolates y una coca. Frené en el primer shop que encontré abierto. Do you have Coke? Mmmmm… Do you have Coke? No, just Thumbs Up (la versión india de la gaseosa cola). No thanks. But it’s the same. No is not. Yeah, Thumbs Up, Coke…Same same but different.  Esa es otra de las clásicas frases de ellos, todo para ellos es “Same same but different”. Pero no amigo, con la Coca no se jode y una Coca es una Coca,  ni Pepsi, ni Thumbs Up, ni Norte Cola. Como dijo un sabio amigo mío – Si querés tener un restaurante o un bar exitoso, siempre debes tener Coca-Cola – En definitiva encontré mi bendita Coca-Cola unas cuadras más lejos y la acompañé con un buen puñado de distintos chocolates. Nuevamente en la habitación, me acomodé para disfrutar de lo que sería una fantástica noche de puro relax. Entre cada corte comercial hacía una visita obligada al baño, también tuve que visitarlo en pleno momento de risas de la serie. Lo bueno es que finalmente me desmayé una vez que terminé el último bocado de la “Milkibar”. Me levanté diez horas después (creo que es la primera vez en años que duermo tanto tiempo) justo a tiempo para acomodar todo y dejar la habitación antes que los malditos dueños me cobren una noche más por haberme pasado del horario del check-out. Estaba descansado, pero mi pequeño (nah… qué pequeño!) mi gran problema estomacal seguía conmigo.

Me dirigí hacia el primer locutorio que encontré. I would like to make a phonecall. Yes my friend. A phonecall. Yes, where? Here, in Delhi. Aaaaa… No. Eh? Me está jodiendo este tipo? Tiene un locutorio pero no puedo hacer llamadas locales, eso es lo que me explicó. No entiendo qué demonios tienen en la cabeza. Fue exactamente en los tres locutorios que se encontraban uno al lado del otro. Cuando digo “uno al lado del otro” no es una manera de decir las cosas, es literal. No recuerdo si ya les conté esto pero acá en India la gente piensa de la siguiente manera: si alguien tiene un negocio y sabe que logra mantenerlo al menos, significa que es una buena idea, por ende, alguien más pone exactamente el mismo negocio con el mismo precio justo al lado. Es por ello que en una cuadra se pueden encontrar decenas de negocios todos con las mismas ofertas. En el caso de la ropa o artículos, la osadía simplemente se trata de encontrar al más desesperado que acepte la mejor oferta (la más barata, obvio).  Al cabo del cuarto intento logré comunicarme con Eugenia, ella se encargó de todo para que pueda llegar en paz y esté cómodo en su casa hasta que ella y su marido regresen del trabajo. Me tomé un rickshaw, atravesé toda la ciudad y llegué a lo que parece una de las mejores zonas.

En la casa me recibieron con una gran sonrisa. Quiny y Charles, quienes trabajan en la casa, me abrieron las puertas. Increíble. Una casa lindísima, cómoda y súper agradable. En fantástico que pueda llegar a un lugar así justo en este momento de debilidad. Pero eso no fue lo mejor… Ese medio día conocí a Eugenia y a Pablo (y sus dos perros), unos fenómenos. Pero de nuevo… eso no fue lo mejor. Esa misma noche volvieron de sus trabajos. “Te gustan las milanesas? Porque esta noche tenemos eso para comer.” No pude responder. Simplemente sonreí por un momento muy largo, sé que lloré en mi interior, espero no haberlo hecho en mi exterior. Sé que me veía ridículo. Lo supe por la cara de Pablo. Una milanesa es una clásica comida hogareña en Argentina hecha a base de carne de vaca, por ende eso significaba muchísimo para mi luego de haber estado meses sin comer un plato como ese, meses sin comer típica comida argenta. Una vez más sabía que no era la mejor opción para mi estómago, pero no me pude resistir. De nuevo agradezco estar aquí, que me hacen sentir como en casa, en esta horrible situación. Hay ciertas cosas que uno aprende a valorar luego de haber pasado un tiempo lejos de casa.

Al día siguiente me levanté sintiendo un tanto peor, aún así me armé de paciencia y chequeé en el mapa qué es lo más cerca para ver de la capital india. No deseaba alejarme tanto de la casa. Me tomé un colectivo hasta el Templo Del Loto, un lugar a tan sólo 15 minutos. Es un templo impresionante, un diseño increíble y una acústica de las mejores que escuché en mi vida. De ahí me fui a una especie de centro donde se encuentran todos los mercados con distintos tipos de géneros para buscar algunos precios para mandarle a mi hermana. Seguía con la misión encargada desde Buenos Aires. Decidí caminar en el regreso a la casa, no parecía una distancia sumamente extensa dado que tan sólo habían sido 15 minutos de colectivo. Luego de caminar durante una hora, empecé a sentir la urgencia de llegar. Miré para todo lados a ver si encontraba algún recoveco o baño público pero justo ahí no había nada como tal por lo que crucé la avenida para tomar un colectivo de regreso. Cruzar una calle en India es siempre una misión complicada, ni se imaginan lo que es cruzar una avenida de tres carriles de cada lado, pero luego de tanto tiempo ya tengo estudiada la técnica: buscar un hindú que se encuentre en la misma situación, seguir sus pasos y, por qué no, usarlo como escudo. Unos minutos después estaba de regreso en la casa, cómodo y contento. Me acomodé en el living a ver televisión y tomar un ginger tea bueno para mi salud.

Esa noche llegaron a la casa José y su novia, una pareja amiga de Eugenia y Pablo. Comimos unos ñoquis caseros demasiado ricos. Una vez más, comida como en casa pero que no logré disfrutar por mucho tiempo. Ya cansado de tantas visitas al baño decidí tomar algunas pastillas, cosa que nunca hago en Buenos Aires, sólo en caso de extrema urgencia. Al día siguiente me desperté sintiéndome aún peor por lo que decidí quedarme en la casa. Bendita sea la coincidencia! Un día más y, junto con Owen un pseudo hermano de Pablo de Inglaterra, mi amiga Mili con su novio Juani llegaron desde Argentina por la mañana. Esa noche comieron todos juntos con vino argentino y no tomé. Creo que no es una noticia que hay que dejar de lado, ustedes saben cuánto me gusta el tinto, pero si quería juntar fuerzas y seguir, debía empezar a cuidarme un poco más con las comidas y las bebidas. Una muy buena noticia fue escuchar que Juani es médico y trae consigo cientos de remedios para lo que sea, me dio un par de cosas que resultaron ser súper eficientes y salvaron mi viaje. Pero lo mejor de todo fue el recado que recibí de parte de mi amiga. El mejor regalo que podría haber recibido, una carta de mi sobrina Catalinda, que no decía nada (pues tiene 3 años y lógicamente no sabe escribir) pero al mismo tiempo lo decía todo, lo mejor de todo fue su firma. Inconscientemente a sabiendas que me encontraba en tal ciudad llena de árabes, firmó la carta con su nombre escrito a la perfección para ser leída de derecha a izquierda. Leí la carta cientos de veces, en ninguna de ellas pude contener las lágrimas y el deseo de jugar con ella. Tenía que llamarla. Llamé a su casa y atendió ella. Me costó hablarle, más me costó decirle adiós. “Te quiero tanto y siempre” me dijo tal como le digo yo cuando la veo. Si tuviese un deseo sería teletransportarme por media hora para llenarla de besos y volver. Bueno, basta de melancolía… Junto con la carta también me llegó otro meganecesario regalo: un cartón de Phillip Morris!!  Sin duda, es uno de los mejores días del viaje. Y todo mejoró al día siguiente con las mágicas pastillas recetadas por Juani. Ese día salimos a recorrer el resto de Delhi, que, a diferencia del primer día la encontré bastante acogedora.  A la noche, una vez que regresamos a la casa, Quiny, nos esperaba con una gran sorpresa. -Esta noche tenemos una comida especial, estamos haciendo la carne como hacen en Argentina- me dijo Quiny en inglés, obvio. Imaginen mi cara de tristeza cuando descubrí aquél manjar que no iría a disfrutar. No lo puedo creer… Carne estilo asado y buenos y varios vinos argentinos… y de entrada unas papas fritas, maní y toda la historia. Todos disfrutaron de la magnífica comida mientras yo miraba mi plato cubierto de arroz, no hay otra palabra para describir la maravillosa comida que yo no pude probar que el mismísimo título de este episodio: delicatessen.

Al día siguiente Mili y su novio decidieron tomar un recorrido, yo me encontré interesado por otro. Así es que caminé de una punta a la otra. Fui a la estación de buses a reservar mi boleto de salida de la ciudad. La primera oferta que recibí era de unas mil rupias y no pensaba pagar semejante dinero por un viaje de “tan solo 11 horas”. Por ello decidí hacerlo al estilo local y tomé un colectivo que costaba menos de la mitad y salía a toda hora. Así es que reservé un pasaje para las 8:30 de la noche y llegar de día al nuevo destino. Desde allí caminé por una de las principales avenidas sobre la cual se encuentra una de las paredes del fuerte rojo, pero lo más importante es el Ghandi Gat, en donde el mismísimo fue incinerado el día de su funeral. Es un lugar increíble, lindísimo, un parque enorme con flores y lagos artificiales que dan a uno las ganas de quedarse por horas. Lamentablemente ese era mi último día en la ciudad y no podía darme tal lujo si quería recorrer más antes de irme. Desde allí esperé un bus para dirigirme hacia el Indian Gate. En el lugar de espera encontré un musulmán que me ayudó para descifrar qué colectivo debía tomar, él se dirigía al mismo destino o cerca. Cuando llegó una de las opciones correspondientes me señaló que tal era el que debía tomar, pero cuando le pregunté porqué no se subía me dijo que era el caro. Claro es que en Delhi hay tres tipos de colectivos: el asesino que es el más barato, el normal que sale 10 rupias y el caro que sale 20 y en teoría tiene aire acondicionado (ni cerca). Bueno viejo, que podés pagar 20 querido… Si hasta yo puedo! En fin, llegué al Indian Gate que es una especie de arco del triunfo que está sobre una avenida que lleva hasta lo que es el palacio real o dónde los políticos ejercen sus deberes y fue construido en memoria de los caídos en la “optativa” participación india en la 2ª Guerra Mundial si no me equivoco. Desde ahí caminé luego hasta el museo de Ghandi, una vez más me sentí apenado por no tener el tiempo suficiente para dedicarle a tal obra. Creo que es el mejor museo o lugar histórico que he visitado en la India. Está situado en el mismo lugar en donde el mismísimo Mahatma pasó sus últimos días y tiene tanta dedicación como la que él puso para ayudar a su país. Es simplemente perfecto. Una combinación de historia con arte de grandísima calidad y tecnología que hace de la visita un tiempo estupendo. De ahí a las corridas pues no tenía mucho más tiempo. Debía volver a la casa, armar la valija, despedirme y volver a la estación para tomar el colectivo a Dharmansala. Una vez más me lamenté por no poder haberme quedado el tiempo deseado y partí hacia la casa.

 

Caminé un par de cuadras y me di cuenta que se me estaba acabando el tiempo. Busqué un rickshaw pero claro, cuando los necesitas nunca están o… “Do you want to take you want to rickshaw my friend?” escuché por entre los árboles de la calle. Un ebrio conductor movíase por entre los arbustos ofreciendo sus servicios que, claramente, nadie iba a tomar y menos yo. A los pocos minutos encontré lo que andaba buscando. En el camino pensé en todo lo que la gente me había dicho sobre Delhi, que es más sucia que Bombay, que es ruidosa, que se ven elefantes por las calles… Para mi no fue nada de eso,  mi segunda impresión de la capital fue mucho mejor. O capaz fue porque ya me estaba sintiendo bien. Lo único que quedó dando vueltas en mi cabeza fue la idea del elefante que aún seguía con deseos de andar en uno de ellos; no sé si recuerdan los tres previos intentos frustrados. Para mi sorpresa, al llegar a la puerta del hogar allí esperaba un elefante con todo para subirse y pasear. Charles había contratado el servicio como sorpresa para Eguenia, Pablo y nosotros, sus invitados, pero yo había llegado con demasiada antelación. Encontrábame con tremenda alegría, no puedo creer lo que estoy viendo.  Justo lo que venía pensando. Nuevamente la sincronía de la India voló mi cabeza. Luego de cientos de promesas de guardar el secreto, me subí al cuadrúpedo y di una pequeña vuelta, suficiente como para sacarme las ganas. Lamentablemente no iba a estar presente para cuando todos los otros invitados descubran semejante sorpresa, pero al menos me llevo un mega momento que tuve que guardar solo para mí.

 

Agarré mi mochila. Me despedí de todos los presentes, no así de Mili y Juani quienes se vieron atorados en el insoportable tráfico de la ciudad. Les agradecí una y otra vez pues sinceramente no sólo se portaron de maravillas conmigo, un colado en su hogar (y más en una fecha tan solicitada en donde llegaron José y la novia, Owen y Mili con Juani) que han tratado como si me conociesen de toda la vida. De verdad que ellos fueron un motor fundamental en este viaje. Ojalá pueda, en algún momento de la vida, devolverles semejante favor. Para ustedes sonará algo exagerado, pero para quien ha estado en una situación similar, sabrá que el encuentro con excelentes y solidarias personas en un país tan lejano y en pleno estado de soledad, es más que reconfortante. Tan solo unos días atrás, anduve buscando la manera de cambiar el pasaje de vuelta a Europa y, de no haber sido por ellos y su ayuda, puede que lo hubiese hecho. Con fuerzas recobradas, un estómago nuevamente en condiciones, limpio y descansado, emprendí el camino hacia la estación de buses una vez más en donde me esperaban 11 horas de viaje en un transporte que ni quise imaginar.

Recuerden, siempre recuerden, sean felices. Sonrían.

Besos y abrazos, sea lo que deseen sentir.

Shanti Shanti.