11° Bhagsu su su supreme

 

La llegada a la estación de buses de Delhi fue algo engorrosa. El tránsito típico de la capital hacía que el transporte público se viera un tanto demorado y, mis planes de sincronización perfecta (como siempre) a sabiendas de la media hora que dura el recorrudo desde la casa a la estación, se veían afectados por tal problemática. Desde la ventana del colectivo podía ver que el tránsito no iba para ningún lado y decidí bajarme antes para continuar a gamba y tal vez hasta trotar un poco con la mochila a cuestas. Lo que sea para llegar a horario. Dicho y hecho. Llegué a la estación de buses. “Dhramansala, Dhramansala!” escuchaba los gritos del hindú. La ciudad de destino se llama Dharmansala, pero la pronunciación es otra, esta vez por suerte era similar y no como otras veces que uno tiene que preguntar en mil oportunidades hasta comprenderlos.

Tengo el asiento número 25, me toca junto a la ventana. Por un lado es un buen lugar pues podría recostar mi cabeza contra el vidrio para intentar dormir un poco pero, por otro lado, las ventanas suelen tener más de un recoveco por donde dejan pasar el frío aire de la noche. Tanta meditación no valía la pena, pues cuando me subí al colectivo un hombre estaba ocupando mi lugar. Tomé el asiento de al lado sin chistar. A los pocos minutos otro indio sube, se detiene frente a mi y, sin importarle mi falta de su lenguaje natal, pero a puras señas, logré entender que me decía que estaba ocupando el asiento que le correspondía. Empezaron las miradas. “Este es mi asiento y no me muevo” le dije en español devolviendo su gentileza para comunicarme mientras con la cabeza le decía que no y con la mano que se fuera. La solución no tardaría en llegar. Quien había tomado mi asiento era el que estaba de más en el sitio. Le abro paso para que salga y me dispongo a tomar mi asiento designado, aquél junto a la ventanilla, pero el recién llegado me empuja hacia adelante y se apropia del lugar. Seguro que para él era mucho más importante viajar observando el paisaje. Lo mejor fue que tampoco se preocupó en cerrar las piernas por lo que dio origen a una pelea de gambas durante once horas por ocupar el espacio correspondiente a cada uno. Finalmente el chofer sube y arranca el trayecto. Miro a mi alrededor. Soy el único de tez blanca, el único extranjero y, de nuevo, el más desabrigado.

A los pocos minutos de arrancado el viaje saco de mi mochila la lectura elegida y me “alejo” de los ruidos con la música de mi querido Calamaro. La alegría que me provoco volver a tener música para los viajes individuales se vio interrumpida al mismo instante en que el señor del asiento de al lado empezó con las preguntas de rutina que deben enseñar a todos en la escuela primaria: ¿cómo te llamas? ¿De qué país sos? ¿Eres casado? Etc., etc., etc. De todas formas resultó ser una persona bastante amigable. Tan amigable era el hombre que por la noche, mientras yo intentaba dormir, el lo había conseguido y de tanto en tanto caía sobre mi cuerpo salteando el pasillo.

Después de más de once horas de colectivo con el culo ya hecho una tabla, llegamos a Dharmansala. Una vez en la terminal comencé a preguntar sobre el colectivo que me llevaría a Mc Leod Ganj. Por supuesto que mi pregunta tan complicada alteró el orden del lugar. Gracias a Shiva (o cualquiera de los otros millones de dioses), un muchacho local que vive en Rishikesh me ayudo dado que se dirigía al mismo destino. Me invito un chai y luego tomamos el colectivo (el cual también se ofreció a pagar). Media hora después estábamos en la helada Mc Leod Ganj parados en el centro de la pequeña ciudad. Mire para todos lados, eran aproximadamente las 11 am. Ningún rostro blanco. Indios y tibetanos por todos lados. El muchacho del colectivo también me invitó a quedarme en la casa con sus amigos, en Bhagsu (a 15 minutos de caminata). Muy amigable el muchacho, creo que demasiado. Antes de poder rechazar la invitación con alguna cordial invención… ¡Mira!! ¡Un blanco! Un hombre rubio de mi misma estatura salió de un restaurante y se dirigió hacia el puesto de periódicos. “Mierda como hago para hablarle sin quedar mal con mi compañero de autobús?” pensé en ese momento. Los pocos minutos que el europeo (se caía de maduro) estuvo dentro del local no fueron suficientes para pensar una estrategia, ya con el diario en la mano salió a paso lento. Gracias a la adicción de los indios por los teléfonos celulares, decidió ir a cargar su móvil para futuras charlas y yo aproveché su ausencia y pronto entable conversación con quien resultaría ser un gran compañero de viaje y aún un mejor amigo Alexander. Su acento alemán no fue difícil de deducir; había llegado ese mismo día y se había alojado en un hotel barato. Caminamos hacia el mismo y tome una habitación por 120 rupias la noche. Por la noche, el insoportable frío quería hacer imposible consolidar el sueño pero haber pasado la noche sentado sobre una tabla pudo más que ello.

Esa misma mañana nos dispusimos a encontrar el mejor (léase más barato) lugar para que sea el destino del desayuno diario y alguna que otra comida. Lo encontramos al segundo café que bebimos ese día. “Carpe Diem” es el nombre del lugar elegido. ¿Casualidad o causalidad? En este pueblo el precio del café es cosa seria dado que al menos tomábamos tres por día para combatir el frío. ¿Causalidad o casualidad? En el subsuelo del restaurante está armado un microcine donde proyectan los últimos hits hollywoodenses y algún que otro clásico también. Mi nuevo amigo Alex también suele disfrutar de las películas, esa misma noche volvimos a por “Moneyball”, la última de Brad Pitt nominada al Oscar, pero nuestros deseos se vieron frustrados por las 150 rupias que nos pedían por la entrada. Caímos en la cuenta que era viernes por la noche, por lo que decidimos buscar algún bar en donde compartir algún trago con las mujeres europeas. Mc Leod Ganj no es muy grande que digamos y no habíamos visto ninguna mujer durante todo el día, aún así encaramos la misión con entusiasmo. En la calle pasamos frente a un cartel donde invitaban a la gente para disfrutar de la noche, sin dudarlo subimos las escaleras esperando encontrar alguien con quien conversar en esta especie de boliche que pasaba música retro-tecno europea a todo volumen. El lugar estaba cuasi vacío. Uno, dos, tres… 10 indios y nada más. No parecía ser un boliche gay, aún así eran todos hombres. – I am a Barbie girl, in a Barbies World… – sonó desde los parlantes y fue suficiente para que dejemos los menúes en la barra y nos retiremos. Las calles poco iluminadas parecían servir de escondite pues finalmente no encontramos a nadie en toda la noche. ¿A dónde se ocultan las mujeres?

Al día siguiente decidimos empezar la mañana con una caminata hacia la catarata de Bhagsu. Alex llevaba consigo tremendos zapatos de montaña y se lo veía bien preparado para la excursión y el posible frío. Yo llevaba lo poco que tenía de abrigo (una remera térmica, un polar, un gorro de lana y unos guantes rotos) y el único par de zapatillas, que ya se veían bastante castigadas. Lo mejor que tenía para la excursión era la mochila que Ben (mi amigo canadiense) me había regalado en Delhi unos días atrás. Compramos tomate y morrón en un puestito por la calle, y un pan negro en una panadería alemana. Comentario aparte sobre este detalle: en todo pueblo o ciudad de India hay una “German bakery” que, si bien nunca estuve en ese país, se nota que lo único que tienen de germanos es el cartel de la puerta. De pasada hacia Bhagsu waterfall, pasamos a saludar a Meena, una mujer simpatiquísima quien introdujo a Alex el año pasado en su primer paso hacia el tallado sobre madera. Nos mostró fotos de sus estudiantes y los trabajos realizados. Alex empezó su segundo viaje en el país en la misma ciudad en donde había terminado el 2011, su plan es retomar las clases junto con ella o algún otro profesor.

Luego de un kilómetro y medio de caminata llegamos al centro de Bhagsu y continuamos hacia las cataratas. Escalones, escalones y más escalones después llegamos hacia el destino tan deseado. El lugar es de verdad increíble, me hace acordar mucho a San Martín de los Andes, las montañas verdes en sus comienzos y con las cimas vestidas de blanco, los olores de la vegetación aún mojada por el rocío matutino que se mezcla con los desechos de las vacas y las cabras, y el aire fresco que golpea en mi cara produciendo cierto mínimo descontento. Ya está, Bhagsu es supremo, “su su supreme” como le decía a Alex obligado a tartamudear todas las palabras por culpa de las bajas temperaturas. Luego de las fotos típicas (y tantas otras fotos con los indios) continuamos nuestro camino río abajo y luego montaña arriba para encontrar un pequeño hostal que parecía abandonado. Las ropas y las camas desechas que pudimos ver a través de la ventana no decían lo mismo. Ocupamos la mesa circular hecha de piedras, al igual que los bancos, y almorzamos sándwiches de verduras. Pensamos en mudarnos allí pero las habitaciones eran tan impagables como la propia vista; impagables pues el dueño no dio señal de vida en las dos horas que estuvimos allí, ni había escrito algún tipo de información o medio de contactarlo.

El trekking por las montañas se extendió ahora hacia el otro lado. Volvimos a cruzar el río, la catarata y los incontables escalones para volver a subir otras decenas de ello y llagar al pie de la montaña al oeste de la ciudad. Miré hacia la cima nevada. ¡A por ello Alex! ¡Claro que si! Y arrancamos nuestro segundo desafío del día. El mismo no duró tanto pues el sol ya comenzaba a despedirse dando paso a una temperatura aún más baja. En el camino de regreso, justo al comienzo del descenso de la montaña, encontramos a Shira, una mujer fantástica que, con sus 3 hijas, su hijo y su marido, llevan adelante un pequeño hotel sin nombre. How much is for the room? 100 rupies. Can we see it? Vimos el cuarto. Parecía recién pintado de blanco, con cortinas nuevas en una de las ventanas, un televisor con su respectivo cable colgando y ningún lugar en donde enchufarlo, en otra de las paredes había varias ventanas, por una de ellas entraba a la habitación tremendo frío pues faltaba un vidrio. Shira nos dijo que tenían cómo repararlo y decidimos reservar el lugar para el día siguiente. Lo único malo es que el baño se encontraba fuera del cuarto bajando un par de escalones. Va a ser complicado bañarse acá.

Volvimos al hotel de Mc Leod Ganj luego de comer en el Carpe Diem y vi que el encargado de la recepción hacía zapping por los diferentes canales cuando de pronto, entre canal y canal, apareció una pelota rodando en el verde césped. Manchester City jugaba un nuevo partido de la liga inglesa, le pedí al hombre que lo deje y me hizo caso… por dos minutos. Cambió de canal y comprendí que era el momento de marchar para mi cuarto. Rearmé la valija para partir hacia Bhagsu la mañana siguiente. – ¿Estás listo Alex? – pregunté con la mochila al hombro. – Ye, ye, ye – respondió afirmando en alemán. Mochilas cargadas, todos los abrigos puestos y hacia el nuevo hostel. No pensábamos pagar un rickshaw de 20 rupias teniendo aún la posibilidad de caminar. Cuando llegamos al centro de Bhagsu, (allí donde se divide para la montaña o para la catarata) nos dimos cuenta del camino empinado que nos esperaba hasta llegar a lo de Shira. – Creo que no pensamos muy bien esto del cambio de hotel – fue mi comentario ya quejándome mirando hacia arriba donde el camino se perdía en el horizonte. Llegamos al final de la calle, subimos los escalones que ahora parecían ser cientos de ellos y finalmente dejamos las valijas en la nueva habitación. El frío seguía entrando por la ventana pues no habían arreglado la misma. Prometieron hacerlo para esa misma noche.

Una vez más, con las mochilas cargadas de pan, vegetales y agua, decidimos emprender una nueva caminata esta vez con un nuevo desafío: llegar a la cima nevada. La aventura comenzó con dos nuevos compañeros que decidimos llamar Fribo y Cabo, dos perros que decidieron acompañarnos. Emprendimos la caminata. Por momentos decidimos que los perros sean nuestros guías pues ellos, de seguro, conocían la montaña mejor que nosotros. Arriba, arriba, arriba y más arriba. La vista mejoraba a cada segundo, aunque la altura no me hacía demasiado gracia. Nunca fui fanático de las alturas. En el medio de la montaña encontramos una estructura de piedras que al parecer era una especie de homenaje a alguien fallecido. Seguimos un poco más arriba y decidimos frenar para almorzar un nuevo sándwich de verduras. Los perros también recibieron lo suyo. Seguimos caminando por unas horas, nos creíamos parte de un programa de televisión donde los protagonistas desafían a la naturaleza. Estábamos casi en la cima de la montaña festejando el trabajo realizado cuando vimos a lo lejos otros dos aventureros que venían hacia donde estábamos nosotros. Su camino nos daba cierta idea hacia donde seguir nuestro trekking. Para cuando llegaron a nuestro lado vimos que se trataba de una pareja en sus treinta y pocos, quienes llevaban una pequeña criatura en sus espaldas y sólo unas ojotas en sus pies. Vergüenza. Pasamos de ser los dueños de la montaña a tan sólo unos niños de ciudad que creían haberse convertido en héroes por una mínima caminata.

Continuamos el camino por donde aquella pareja había aparecido, cada vez más y más alto hasta perdernos entre los árboles donde el camino parecía desaparecer. Luego de un cigarrillo decidimos emprender la vuelta, pues ya eran alrededor de las dos y media de la tarde, habíamos caminado por más de cuatro horas y no queríamos encontrarnos en el medio del bosque sin luz alguna. El camino de regreso fue un tanto peligroso y confuso. Debimos retomar el paso unas cuantas veces. Frente a un río de piedras, nos detuvimos a pensar hacia donde seguir. Los perros nos dejaron solos, si… el mejor amigo del hombre… ¡cretinos! Era imposible ir hacia donde ellos se dirigieron. Decidimos bajar por entre las piedras que resbalaban en cada paso. Si aquello fue un río en algún momento, de seguro nos llevaría de regreso a la ciudad. Cuando el paso entre las piedras se hizo imposible decidimos investigar un pequeño camino entre los árboles. El sol comenzaba a ocultarse y estábamos totalmente perdidos. – Deberíamos ir por acá, este parece el camino correcto – opino Alex mientras intentaba ver más allá del bosque. – Lo que tu digas, tu eres el que sabe – acoté, pero él me miro confundido. – ¿Yo? No tengo ni idea, te dije que mi ciudad es solo campo, no hay una sola montaña. ¿Que? ¡Pero estás todo preparado para la escalada! Los zapatos, las ideas de las mochilas y la comida, el cuchillo… Si, bueno… yo pensé que vos eras el que sabía. Dijiste que habías estado en Bariloche varias veces. En definitiva cada uno confió más en el otro que en si mismo, pero aún así seguíamos atascados.

Los perros volvieron. Los insultamos un poco pero nos alegramos en nuestro interior. Sabíamos que ellos conocerían el camino de regreso y así fue. Los seguimos por donde ellos olfateaban y al cabo de unos minutos nos encontramos frente a una gigantesca casa. Sólo unos minutos más y llegamos a lo de Shira. Tomamos un café y luego nos invitaron a comer junto con toda la familia. Tomamos asiento dentro de la cocina y les contamos, como pudimos, nuestra aventura en la montaña. Comimos un thali vegetariano, Annu, la hija mayor amasaba chapati tras chapati para nosotros mientras el resto de la familia esperaba para comer una vez que nosotros nos hayamos encontrado satisfechos. El picante empezó a hacer el efecto típico en mi boca y habíamos dejado las botellas de agua mineral en el cuarto. Nos sirvieron un vaso de agua a cada uno. Lo miraba con desconfianza tratando de no tomar, mi experiencia pasada y todos los cuentos sobre la contaminación del líquido salido directamente de la canilla, hacían en mi cabeza aún un mayor problema. Miré el vaso nuevamente y observé que dentro del mismo había algo dando vueltas. Me sirvieron más comida. Miré el vaso de Alex, él no había dado ni un sorbo del agua. Mire mi vaso de nuevo, pensé en ir al cuarto a buscar el agua pero sería demasiado irrespetuoso y Shira había sido más que generosa con nosotros, detuve mi mirada en el vaso una vez más, cerré los ojos y bué… que sea lo que sea. Al día siguiente Alex me confesó que había padecido la misma situación y que esperó a que yo tome primero para luego tomar él.

La primera noche en el nuevo hotel con el baño a una escalera congelada de distancia fue un tanto incómoda. Claro, el problema es que aún no estaba cien por ciento seguro si mi estomago había sanado del todo y por cada sospecha de flatulencia, en lugar de arriesgarme, debía correr hacia el baño para evitar cualquier momento de mierda (literalmente). Regla fundamental luego de una diarrea de más de diez días: nunca confíes en una flatulencia.

Pasaban los días y las rupias en mi billetera desaparecían con lentitud. Si necesitaba ahorrar algo de dinero este lugar era especial para ello. Gastaba no más de 250 rupias diarias salvo algún capricho o regalo que compraba. El problema es que el dólar seguía bajando en las tablas. Un día decidimos ir a visitar la gran ciudad, Dharmansala. Se encuentra a unos pocos kilómetros y el día parecía adecuado para caminar. Supuse que allí lograría conseguir mejor cambio que en el pueblo. Al llegar al centro nos dimos cuenta que habíamos tomado la decisión equivocada. Nuevamente ruidos, bocinas, multitudes, nada que ver con el pequeño pueblo en donde estábamos. Nos propusimos buscar filtros para café y un termo para llevar a nuestra próxima caminata pero no vendían filtros en ningún lado, y eso que caminamos a lo largo y ancho de toda la ciudad. Bueno, al menos puedo ver el tema del cambio de dinero. Entre al primer banco que encontré, me atendió un señor vestido de traje. How is the change for dolars? Let me see. Okay. It is 49,5 sir. Great, can you change a hundred? Oh, no… We dont change money here. But you are a bank, right? Yes sir, but we dont change money. Ok. La situación fue medio confusa ¿Cómo puede ser un banco y no cambiar dinero? En el segundo banco que entré me dijeron que tampoco cambiaban, que debería ir al “Bank of India”, que ellos son los únicos que pueden cambiar. Cuando encontré el banco adecuado vi un cartel que decía el precio del cambio y los horarios de atención. Todo estaba en orden.  Me acerqué a la primera cajera y le pedí que me cambie 100 dólares a rupias, me respondió en hindi y obviamente no sé qué demonios quiso decirme. Supo descifrar mi desconcierto por la cara de boludo que puse y, comunicándome entre señas, me indicó la ventanilla a donde debía dirigirme. Una vez frente a la misma, le pregunté al señor de camisa y corbata si podría cambiar mi dinero. Una vez más me respondieron en hindi. I – want – to – change – money. – moooo-neeey. Le dije ya con poca paciencia y le mostré el billete americano y uno local mientras hacia el gesto de cambio que, en realidad, pertenece a la jerga futbolística. No hubo caso. No parecíamos lograr comunicación alguna. ¿Cómo puede ser que un empleado del único banco que cambia divisas no sepa hablar inglés? Entiendo que no tienen la obligación de hacerlo, pero a ver… cualquier vendedor de la calle sabe las palabras básicas para entablar una conversación, alguno de ellos hasta saben lo necesario de español para tener éxito en su negocio, pero no… estos hombres que trabajan en los bancos no tienen idea de nada. Mi humor se fue por las nubes. Insatisfacción, ruidos, gente molesta… No volveré a bajar.

Desayunamos en el café más próximo al hotel, repasábamos las historias de la montaña. – Can i take a sit with you guys? – miramos al recién llegado, parecía algo cansado. Se introdujo como Joonna, es de Finlandia y estaba en Bhagsu hace unos días. Se encontraba bastante solo y triste, pude notarlo también en su tono de voz aunque al mismo tiempo es el estilo de ellos, un inglés pausado y voz grave. Resultó ser un muchacho muy divertido, siempre tirando comentarios o chistes adecuados para la ocasión. Continuamos el día juntos caminando de acá para allá en búsqueda de nada. Era un día bastante frío y con algunas lloviznas. Por lo que decidimos sentarnos a pagar por un sólido almuerzo. Pasamos casi todo el día dentro del restaurante para evitar la lluvia y el obligado regreso a casa. Cuando se hizo de noche, el frío era aun más insoportable y parecía que el clima se traía algo entre manos.  Caminando por la ciudad nos topamos con una marcha en memoria de los hechos ocurridos unos meses atrás en donde la policía asesinó a unos 17 tibetanos. Todos caminaban con velas en sus manos y repitiendo lo que el director de la marcha cantaba. Empezó a nevar. ¡Si! ¡Nieve en India! Ignoto de mi pero jamás me lo hubiese imaginado luego de haber sufrido el calor del sur, después de todo no es que estábamos tan lejos.  La caminata con los tibetanos se hizo aún más romántica al ver como la calle y los techos se cubrían de blanco al igual que las cabezas de la gente. Todo parecía como salido de una película y mi alegría por la imagen no pasaba desapercibida más allá de la razón de la marcha. Seguimos a los peregrinos hasta el centro de la ciudad en donde ellos siguieron su ruta y nosotros nos detuvimos a observar la nieve. Alex y Joonna no estaban para nada contentos, es que el objetivo de casi todos los europeos cuando vienen a India es, justamente, alejarse del frío invierno del continente. En la plaza escuche risas y gritos en español. Se trataba de dos grupos de porteños que jugaban con la nieve atacándose unos a otros y también a unos locales, con las clásicas bolas heladas. Los argentinos parecíamos ser los únicos que disfrutábamos del momento.

Los días pasaron entre caminatas, escaladas y frías noches. Joonna nos introdujo la “Bhagsu Cake”, una especie de torta similar al Cabsha con algo muy parecido al dulce de leche, la misma se convirtió en un postre obligatorio para mi cuerpo y alma. Al día siguiente nos despedimos de nuestro nuevo amigo quien, finalmente regresaba a su país con una sonrisa en el rostro. Los últimos tres días de lo único que hablaba era de su viaje de vuelta. Si bien yo estaba pasando un momento excelente luego de los pésimos últimos días en Delhi y demás, sus comentarios y deseos también pujaron los míos por regresar. Nuevamente el trío se transformo en un par. Nuevas escaladas y caminatas y los días pasaron sin pena ni gloria pero disfrutando del paisaje en cada paso.

Llegó mi turno de partir. Alex se quedaría por unos meses con la intención de mejorar su tallado sobre madera y, quizás, tomar clases de hindi. Su deseo de regreso en Alemania es continuar investigando el campo de las artes y el diseño de mascaras o muñecos para películas. Es fantástico lo que hace. Se estaba haciendo tarde, yo debía tomar un colectivo desde Dharmansala a las cinco de la mañana con destino a Amristar, por lo que debía conseguir un cuarto en la ciudad. Intente reservar un rickshaw para la madrugada y salir directamente desde Bhagsu pero, a pesar de sus respuestas “everything is possible in India my friend”, cuando decía el horario me decían que era imposible conseguir tal servicio. Volvimos al cuarto a buscar mi mochila y, para el momento que decidí partir, el simpático clima decidió despedirme con una insoportable lluvia. Camine el kilómetro y medio que separaba el hotel de la estación de colectivos. Esperé bajo la lluvia por unos minutos y, ya empapado, subí al colectivo que me llevaría a la ciudad para una nueva búsqueda y una nueva aventura en la ciudad del templo dorado.

Por el momento me despido luego de mas de una semana entre Mc Leod Ganj y Bhagsu, dos pequeños pueblos que me enamoraron y me devolvieron las fuerzas para seguir adelante. Nuevo lugar, nuevos amigos, nuevas aventuras… este lugar es, sin duda, una parada obligatoria para cualquier persona que visite la India.

 

Cuídense. Sean felices.

Shanti shanti