2° InstagraMeado

La cabeza gacha, entre los pequeños paneles de durlock, se escondía a la visual del resto de los empleados para que Enrique hable por el teléfono de línea del cubículo. Con la mano derecha escribía un mensaje en su celular confirmando que todo iba sobre rieles; con la izquierda, tomaba una nueva taza de café y, con el headset conectado al teléfono, le pedía a Toni que no se moviera del departamento, que en breve iría en su ayuda. Del otro lado de la línea, Toni, aún en calzoncillos y sin remera, cortó la conversación y dejó el teléfono a un lado de la cama.

A Toni le fue imposible controlar el impulso, nunca había visto tanto dinero junto. En el taller mecánico no se ganaba suficiente por lo que esto podría ser la oportunidad de su vida. El celular volvió a sonar. Otra vez el número del banco. Ignoró la llamada. Dispuso los fajos uno al lado del otro, ocupaban más de la mitad de la cama. Desarmó uno de ellos y contó los billetes que resultaron ser de a mil. Trescientos diecisiete fajos. Trescientos diecisiete mil pesos. Observó la pistola con ciertas dudas, usó la sábana como un guante para no dejar huellas y sacó el cargador. Faltaba una. Olió la punta de la pistola y sintió la pólvora quemada, el aroma de una niñez entre adultos ladrones y asesinos no es fácil de olvidar.

¿Qué carajo es todo esto? ¿Habré disparado a alguien anoche? Encendí un nuevo cigarrillo dentro de la habitación, al menos así podría vencer el olor a vómito. ¡Ah, Teléfono de mierda dejá de sonar carajo! Otra vez el mismo número del banco. ¿Por qué habían llamado tanto a Enrique esta mañana? Entre las dudas que tenía en mi cabeza y los miles de moretones sólo me faltaba haber terminado con mi novia para estar destrozado por completo. No tengo novia, pero ahora tengo trescientos diecisiete mil nuevas razones para no tenerla.

El celular volvió a sonar, pero esta vez era una notificación. Toni abrió el menú y encontró un pequeño punto rojo en el ícono de Instagram. La alerta llevaba varias horas esperando ser vista. Avisaba la publicación de una nueva fotografía en la que él había sido etiquetado, pero no estaba solo. La instantánea fue tomada la noche anterior y publicada por Leandro, su único verdadero amigo. En la foto se los veía muy sonrientes, brindando con una jarra de cerveza cada uno y, entre ellos, el jarrón de las propinas que rebalsaba de billetes de cien.

Maldigo la hora en que tomaron esa fotografía. Mi cara delataba cuán innecesaria era la jarra que sostenía. Por lo visto pasé por “La Puerta” anoche. ¿Qué habrá sido de la rubia a mi lado? Y de Lean. Ya eran más de las doce del medio día. Cualquier día normal, luego de una noche surrealista como la que imagino habrá sido la pasada, él me hubiera llamado. Sus noches solían ser ásperas como las mesas de madera que le hacían la vez de almohada varias veces a la semana. Mantuve presionado el número 5 del teléfono programado para un llamado más urgente. El sonido siguió constante y monótono pero nadie respondió del otro lado. Dejé de sentir dolor alguno por un instante. Por lo menos dejé de sentir el dolor físico; ahora me estallaba la cabeza. Lean se emborrachaba tanto que, si no había perdido el celular, era la conciencia. Esta mañana todo es distinto.

Toni volvió a intentar la comunicación. Nadie atendió.