2° Ya llegamos a la India?

 16-11-2011

            Luego de diecisiete horas recorriendo el aeropuerto de Estambul, por los altoparlantes del lugar anunciaron la salida del vuelo 720 de Turkish Airlines con destino Mumbai. Entrega de pasaje. Detector de metales. Bienvenida a bordo. A mi izquierda, después del pasillo, se sentó una vieja colombiana que por unos minutos intentó convencerme de meterme en la religión nosequé y presentose bajo el nuevo nombre “Shimbra” que significa nomeacuerdoqué. A mi derecha, un rockero alemán en sus cuarenta y tantos, de pelo largo y varias cadenas en los pantalones (qué trabajoso debe ser pasar por cada detector de metales) que, distraído por “Los Pitufos” en la pantalla personal de cada asiento, olvidaba que tenía los headphones puestos; cada vez que pasaba la azafata gritaba por más café, vodka y coca – and another one to my friend!-, me obligaba a acompañarlo. El resto de los pasajeros nos observaban entre murmullos y risas.

Estamos iniciando el descenso en Mumbai, son las 5:15 am. hora local, espero hayan disfrutado el viaje… – anunció el capitán del avión. No lo puedo creer, llegué a la India, el destino cada vez más anhelado. El lugar zen, de meditación, de miles de dioses (más de 18.000) y cientos de lenguas diferentes. Bajé con una sonrisa que pronto se borró, cientos de hindúes corriendo a toda velocidad tratando de llegar primeros a migraciones. Me recibieron con codazos, coladas en la fila y un apuro que jamás imaginé. Mi turno. Entrego todo pero el caracúlico que me atendió me pedía la dirección y teléfono del hotel. Obvio que no tenía nada de eso, ni siquiera tenía hotel. Le expliqué que iba a lo de un amigo que aún no conocía, pues viajaba por medio de Couchsurfing (una red social para viajeros). – No. Next – llamó al siguiente dejándome parado en un costado sin saber qué hacer. Entre uno y otro pasajero que pasaba me metía para intentar explicarle de nuevo la situación. – No. Next – llamó a otro. Me hice a un costado, saqué un cuadernillo y anoté “la dirección” de mi hotel. Mi couchsurfer en Mumbai se llamaba algo así como Vimal” (perdón Vimlesh) y así bauticé su hostel que, de casualidad, tenía el número de teléfono de mi casa en Argentina. Entregué todo al oficial a cargo, selló todo varias veces –Have a great day sir. Next -. Y de nuevo a las corridas, coladas y codazos para retirar la valija del cinturón.

A la salida del aeropuerto de Mumbai (o Bombay) me encontré con Nela, la checa a quien ya la consideraba mi amiga aunque nunca había visto. Si bien no es tan alta ni tan rubia como las checas que conocí, aún así era fácil de reconocer entre los ciudadanos locales.

Charlamos un  rato y nos tomamos un “taxi” para encontrarnos con Adriana y Vimlesh. Un ricksha, esa especie de moto de tres ruedas nos llevó a toda velocidad esquivando cada transeúnte, moto, auto y vaca que nos encontrábamos por el camino. Mierda, qué jodido manejar en este país! Ah, otra cosa, todos, todos, absolutamente todos, tocan bocina; de hecho muchos vehículos tienen un sticker que pide por favor que la hagan sonar. La madre de Vimlesh nos recibió envuelta en su saree (vestido típico que llevan las mujeres), inclinose con ambas manos juntas y me dejó en offside. ¿Qué carajo hago? ¿Me inclino? ¿Le doy un beso o la mano? ¿La abrazo? Otra vez parado con cara de boludo… bueno, una sonrisa y un movimiento lateral de mano – Hi, thanks- eso fue más que suficiente para verme aún más boludo, creo. Decidimos tomar una siesta de 20 minutos que duró 4 horas y nos levantamos para salir a recorrer la noche. Una cosa que me sorprendió fue la cantidad de construcciones que hay. Cada cien metros hay dos o tres obras, sin contar las gigantescas movidas de autopistas y trenes.

Vimlesh vivía con sus padres y un tío, todos en una pequeña casa, nos trataron como reyes. Mi nuevo amigo alquiló un auto (con chofer) para los dos días que íbamos a estar allí, trabaja algo así como de investigador privado que descubre fraudes y delitos en empresas importantes. ¿Posta? – Yes, like James Bond – me respondió. Okay ¿qué onda? ¿Me cago hasta las patas o me siento más seguro? En fin. Llegamos a un restaurante. Ellos pidieron comida por mi. Probé una pequeña porción, me ardieron hasta los pelos. Tomé de un trago medio litro de agua. – ¿Cómo se dice “sin picante en hindú?” – pregunto sonriendo disimulando mi tremenda insatisfacción. “Vina masala”. Perfecto, ya sé las primeras palabras más importantes en el idioma.

Salimos del restaurante, comimos un postre en la calle. Un algo envuelto en una hoja de árbol de eucalipto. Riquísimo, pero esta vez, demasiado dulce. Caminamos por el lugar un rato hasta encontrar el emblemático bar “Leopolds”. Por la calle de ese bar, unos años atrás, un grupo de guerrilleros entró con armas, primero al hotel Taj Mahal y luego al bar matando a quien se cruzara por el camino, aún hay rastros de balas incrustadas en la pared. Nos encontramos con mi amigo rocker alemán, que andaba con tremenda borrachera, entre risas y mezcla de idiomas me contó que se había olvidado los headphones en el avión.

Al día siguiente nos tomamos un ferry hacia una isla donde se encuentra el templo más grande de Mumbai. Todo bañado en oro. Ahí me explicaron todos los pasos y las diferentes (pero monótonas) reglas para realizar el Vipassana. Es una técnica de meditación en donde durante 10 días lo único que se hace es meditar. Nada de hablar, gestos, ejercicios, tabaco, cerveza, música… Vamos a ver qué pasa con esto. Suena difícil, pero interesante.

El templo no es lo único que hay en esa isla. Caminamos pocos minutos para encontrarnos con otra atracción: un parque de diversiones! Nunca en mi vida me imaginé una cosa así, mucho menos a cien metros de un templo. – De esta manera logran atraer más jóvenes al templo – me explicó Vimlesh. Si ustedes creían que nadar con tiburones, saltar de un avión o ir a La 12, era peligroso, no se dan una idea de lo que es estar en una montaña rusa en India! En el cartel del primer juego se puede leer: “Regla 1: siempre usar el cinturón de seguridad”. Nos subimos a esa montaña rusa y, obviamente, tal cinturón no existía. La atracción más importante del lugar, de repente, pasamos a ser el grupo de blancos. Claro, ellos son todos iguales y no es un lugar a donde vayan muchos turistas, por ende, me encontré rodeado de indios que rogaban sacarse una foto conmigo. Y un beso no se lo niega a nadie…

De nuevo paseamos por la noche de Mumbai. Fuimos a comer a un lugar increíble en la terraza de un edificio. A la salida caminamos por lo que sería la peatonal y un millón de personas se acercan constantemente a ofrecerte cosas que no querés ni mirar. -Nahí, yocría… Nahí, nahí… baz!- fueron las nuevas palabras en mi léxico hindi. Repetía mis nuevas palabras cada dos metros: “No, gracias… no, no… basta andate!” De verdad que son intensos. Para aquellos que me conocen más, sepan que siempre mantuve mi famosa paciencia. Si a alguien le gusta la estación de Retiro, este va a ser su lugar preferido en todo el mundo.

Madrugamos, pues a las 7 am. salía el tren hacia Goa. Junto con Vimlesh, Nela y Adriana esperamos con tranquilidad la llegada del primer tren local que nos llevaría hasta la estación “Dadar”. Nos alegramos al verlo pero apenas este se detuvo nos dirigimos hacia la puerta y una oleada de intento de seres humanos buscaba salir mientras otra misma quería entrar. Una locura. Terrible quilombo. Creo que tuve un poco de miedo. “Go, go, go, don’t look back!” nos gritaba Vimlesh, mientras nosotros intentábamos entrar al vagón repleto de gente. Si un subte en Buenos Aires en hora pico es jodido, esto no se lo imaginan (menos aún cargando dos mochilas). Más o menos 40 minutos después llegamos a Dadar. Una nueva lucha por sobrevivir a la oleada. Desde aquí tomaríamos un nuevo tren hacia las playas de Goa. Son “sólo” 12 horas… Seguiré mi búsqueda hacia el rey de los minisuper. Acá los dejo… hasta la próxima.

Cuidensé, sean felices.

Shanti, shanti.