3° Boa Goa

Nella había reservado los asientos para el tren, allí se sumó Andrew, un inglés con el que compartiríamos muchas cervezas, una yankie infumable que ni me acuerdo el nombre, y Francisca, catalana de 22 años, bastante linda y recibida como directora de cine. Hablamos casi todo el viaje agradecidos por retomar nuestra lengua materna al menos por unas horas y dejar a un lado el maldito idioma inglés que, de seguro, nos perseguiría durante el resto de nuestra estadía en India. Francisca quiere ir a Buenos Aires, si lo logra, tendremos una nueva integrante dentro del equipo de mi productora.

Agradecido por las gratas compañías, las 12 horas de tren desde Mumbai a Goa pasaron volando, volando como un pingüino! No sólo no pude pegar un ojo por el maldito sol que entraba por la ventana, sino que tuvimos la fantástica sorpresa de atropellar una vaca. Maldito animal sagrado. Eso nos detuvo un par de horas más. Pero ahí no termina la travesía. Llegada la noche armamos “las camas”. Imaginen un cuarto de 1,60 de largo, 1m. de ancho y 2m. de alto; el respaldo del asiento principal se levanta y se transforma en la segunda cama y desde lo más alto se baja la tercera, me sentía como en un gallinero, uno encima del otro. Cuando estaba a segundos de empezar el primer sueño, un pequeño hindú pasó gritando con todas sus fuerzas intentando vender comida (o algo similar), por supuesto que ni intentó esquivar mis pies que sobresalían por el pasillo. Imposible dormir. Alrededor de las 21 horas llegamos a la estación de Vasco Da Gama. Cansado, sucio y de mal humor, pero por fin llegamos a destino. Qué alegría bajarse del tren de una buena vez… para subirnos a un taxi de 40 minutos que, ahora si, nos dejó en la puerta de la casa. Un baño rápido y a comer, “Vina mazala, eh!”. Ya más relajados, fuimos a ver la playa por primera vez. Lo que más me sorprendió fue el maravilloso firmamento que nos recibió esa noche. Vi muchas noches en mi vida, ninguna tan estrellada como esta.

Goa (Arambol, para ser exacto): esta pequeña parte al noroeste de India, fue en su momento la única porción de territorio que no le perteneció a Inglaterra. Fueron los Portugueses quienes se instalaron acá. Hace unos 50 años, si no me equivoco, los mandaron de vuelta para Europa, pero dejaron cosas muy buenas en este lugar: se puede comer carne de vaca! In your face Ganesh & friends.

Las playas de acá son bastante lindas y cada cincuenta metros hay un bar/alojamiento, todos con la mejor onda y súper baratos (un porroncito sale menos de un dólar, una Coca Cola 40 centavos). Mi lugar por excelencia es “Samantha”, allí trabajan Alí, Lee y Yogui, unos fenómenos. Los bares/alojamientos los reconstruyen todos los años, dado que de mayo a agosto las tormentas destruyen todo. Es una locura la velocidad con la que arman las cosas para después tirar todo abajo. La playa está a una cuadra de la casa, el camino es custodiado por palmeras enormes y vacas por todos lados. La arena es limpia y el agua cálida y tranquila. Es bueno para nadar y hacer un poco de ejercicio. A un costado, antes que se ponga el sol, un grupo de gente hace tai-chi frente al mar. Un poco más alejados, sobre la misma playa, todas las tardes comienzan a sonar los tambores, acordeones y guitarras mientras todos bailan y los niños corren libres, desnudos, enarenados, cada quien despide al sol a su manera, el sol que mañana volverá. Unas buenas cervezas, mujeres (la mayoría con rastas y pelos en las axilas) y danzas hacen de ello un ritual fantástico.

La vida en Goa es sencilla, tranquila, paz y amor. En pocas palabras, esto NO es India. Este pueblito está lleno de ingleses que vienen a escapar del frío invierno europeo y, como les sale dos mangos, se instalan acá por seis meses. Varios a quienes he conocido, son dueños de restaurantes o posadas, en donde tienen trabajando a los locales por unas monedas, otros tantos forcejean por los precios de las prendas o artesanías. ¿Están seguros que India se independizó de ellos?

Estoy teniendo algunos problemas para dormir. Recuerdo una noche…

 Hallábame en la noche deambulando por el inmenso laberinto de mi mente. Observé, a lo lejos, una pequeña luz titilante y decidí ir hacia ella. Parecía un rincón peligroso pero era la única opción a donde ir.

            Cuando llegué al destino era un pozo profundo, imposible ver el fondo del mismo. Frente a él había un cartel que decía “cuidado melancolía” y sobre el mismo parpadeaba la luz. El pozo me ofreció una visita gratuita y accedí a sabiendas que podía ser una mala opción para mi, aunque tal vez sea la única forma de salir del laberinto.

            Dentro del pozo me encontré con ella. Sabía que tanto la distancia como la soledad me llevarían a su lado en algún momento. Fue imposible escapar de ese sentimiento de añoranza y tristeza. La necesitaba más que a nadie.

            Todas las mañanas me levantaba sabiendo que ella iba a estar ahí. Todas las noches me acostaba sabiendo que ella estaba ahí, a mi lado de alguna u otra manera. Siempre que la necesitaba, ella estaba allí esperándome.

            Ella es única. Ella escucha siempre mis peores miedos; los buenos y los malos momentos también. No supe valorarla lo suficiente. No le dediqué el tiempo que de verdad se merecía. Ahora me arrepiento, la extraño más que a nadie y quiero que esté acá conmigo. Pero ya es demasiado tarde.

Adiós! Te dejo mis mejores sueños. Te extraño todos los días y todas las noches…

Mierda! Cómo extraño a mi almohada.

Un día, con Nella, nos fuimos en moto hasta Vengurle, una playa en Maharastra, el estado al lado de Goa. Pasamos por un templo y de ahí a la playa en donde no había absolutamente nadie. Nella me contó que ahí algunas veces hay algún que otro grupo de nudistas y demás.

Todos los sábados, junto con Andrew, nos vamos a “Sport’s Café” en donde pasan los partidos de la liga inglesa. Fanático del City – Tevez es estúpido o tiene problemas?- me preguntaba enojado por la mala temporada del cráck argentino. En ese mismo bar, un póster de Maradona y yo, siempre con la remera de Boca, posamos alrededor de siete veces por noche junto con diferentes personajes locales fascinados por el argentinismo. Ellos sólo repiten “Messi, Messi, Messi”, yo sólo les sonrío mientras pienso qué carajo suponen que les puedo contestar.

Si la montaña rusa les sonó peligroso, imaginen volver del bar con un inglés en el peor estado de ebriedad tratando de manejar una pequeña moto. “Cheers mate!”. Hoy fuimos a almorzar a uno de los bares de la playa, él se quedó y cuando volvimos 4 horas después, estaba totalmente borracho molestando a todo el mundo. Era buen tipo, pero yo no tenía ganas de lidiar con esas situaciones.

Una noche cualquiera salimos a comer por ahí, a un bar simpático y barato. Ahí conocí otros varios personajes. Entre ellos a Cristina, una vieja inglesa actriz de 57 años que había estar en Argentita cuando llegaron los militares y me contó cómo tuvo que escapar de ellos, junto con su novio, tomaron un barco rumbo a África, él no tuvo tanta suerte como ella y allí el destino (y las autoridades) los obligaron a separarse. Entre varios besos, se juraron encontrarse en Goa, en donde ella aún lo espera. Me ofreció compartir un cigarrillo de marihuana, se sumaron Steve y Brian (también ingleses de más de 50 años, Bob es crítico de cine). Al rato unos pseudo hippies comenzaron con la música, la lluvia nos acompaño y todos nos pusimos a bailar. Poético.

Domingo 27 de Noviembre de 2012

Fuimos a buscar a una amiga de una amiga de bla bla bla, Tizane (el nuevo nombre que recibió en andá a saber qué templo), tiene 47 años, es inglesa pero vive en Canadá hace más de 30 años. Simpática la vieja. Un día estábamos en la playa, fuimos a nadar y de repente nos dimos cuenta que el mar nos había llevado bastante lejos. La vi medio jodida y cuando me acerqué a preguntarle si estaba bien, ni siquiera pudo contestarme. Al rescate! La señora me agarró del cuello y nadé hasta la orilla para salvarla y aumentar mis karma point’s.

Sábado 3 de Diciembre.

Llegó Tore, un noruego de 42 años que se ríe absolutamente de todo. Siempre alegre, siempre sonriendo. Siempre. Qué se yo. Entró a la casa a las 10 de la matina cargando dos mochilas, una caja con dos elefantes de bronce y una bolsa con 6 birras para desayunar. Por ahora todo bien con él, lo único que abrió la heladera y rompió una de mis birras; rápidamente me ofreció una de las suyas y me alegré por compartir los mismos códigos, con la birra, no se jode. Bah, igual no puedo hacerme el malo, mide como 2 metros, con eso sí que no se jode.

“La monotonía en la vida puede hacerte perder el gusto a vivirla”. Es una de mis líneas de cabecera. Es por ello que, aburrido de la rutina, decidí emprender un pequeño viaje al sur de la India, a un estado que se llama Karnataca. La idea de estos 20 días es ir desde Goa hasta Mangaloore (son 357 km. aproximadamente). Capaz se suma al delirio un tal Mathew, de Polonia. Iría parando en diferentes destinos, buscando alojamiento o durmiendo en templos o la calle misma. Arambol – Margao – Gokaran – Murdershaw – Kollur – Udupi – Sringen – Belur – Hassan – Mysooru – Nagarhole (es una especie de zoo donde podés dormir en una casa en un árbol) – Madijeri – Dharmansala – Ullal – Mangalore – Arambol. Esa es la utópica línea que intentaré seguir con la idea de volver el 24 para la fiesta en la playa, más allá de todo, pase lo que pase, sé que va a estar bien y sino… Carpe diem! Ahora es cuando, ayer ya es tarde, y mañana…

Shanti, shanti…

Sean felices