3° La puerta de La Puerta

Toni salió de la casa camuflado con gafas negras que cubrían casi toda la parte superior de su rostro. La mochila negra sobre uno de sus hombros y, con la mano derecha libre presionaba la tecla verde y reiniciaba el llamado con ridícula ansiedad. El grueso marco de los anteojos, comprados a un mantero senegalés en el tren, bloqueaba parte de su visión.

A pocos metros, una pareja de hombres de más de un metro ochenta custodiaba la zona. Sus disfraces combinados en dos prendas denim y zapatillas rojas de mismo modelo y marca, fueron tan eficaces como ellos a la hora de ocultarse de su objetivo. Una torpe repentina persecución comenzó a través de las estrechas calles del barrio. Llegada la luz de medio día, las inoperantes madres estacionan en doble o triple fila a la espera del desfile de unos sucios infantes en la salida de los colegios. La huída entre los autos favoreció al solitario individuo quien logró ingresar al viejo almacén de Don Alfonso en la esquina del bar sin ser visto. En busca de recuperar un poco el aliento, Toni disimuló el apremio y agarró un billete al azar, era de $100, pidió un atado de cigarrillos que se convirtieron en tres.

Maldigo la puta y vieja puerta que arruinó mi perfecto escape. El adorno sobre ella golpeó los tubos de metal uno a otro al abrirla y, ahora cuatro copias baratas de jeans y zapatillas voltearon en sincro tras el golpe que la desgastada goma no logró amortiguar. En mi mente supuse mi pronto entierro, no había cura, ni flores, ni familia… sólo yo. No había ni una lápida. Desde arriba, a los pies del pozo, me encontré en posición fetal arrinconado contra un córner. Me miraba triste, vacío, solo. ¡Mierda! Mis piernas obedecieron el acelerado pulso y dispararon prisa.

            La persecución omitió todo tipo de barro y suciedad que decoran las rotas veredas del barrio. La pesada mochila aminoraba aún más el imperfecto y lento paso marcado por el abuso del tabaco. Toni se detuvo en una esquina, descansó contra un semáforo hasta sentir un silencio sospechoso. A su izquierda, cien metros atrás dos de sus perseguidores también descansaban sosteniendo sus cuerpos contra las rodillas. Un soplido sonriente estalló de golpe desde sus pulmones, pero al mirar hacia el frente la otra pareja de JeiJeis (*)             Toni conocía las calles mejor que nadie, más aún cuando se trataba de la manzana de “La puerta”. Corrió entre los autos a contramano hasta empequeñecer la figura de sus perseguidores. Se detuvo frente al destino.

Dichoso bar testigo de enredos lujuriosos y promesas dignas de lo que dura el siguiente asomo solar. Bendije el cielo. La puerta trasera de “La Puerta” era la entrada para toda la pandilla de Asrael (**), los restos de papas fritas, maní y distintos licores alimentaban a la banda. El vaho revolvió mis recuerdos y mi estómago. Aguanté el vómito con la palma derecha.

Toni caminó sigiloso a toda prisa eludiendo escombros. Sus movimientos felinos lo guiaron directamente hacia la caja registradora, debajo de la misma siempre había una llave extra. Se apresuró a poner la traba a la puerta. Al voltear, camino hacia el baño tropezó con Leandro. Parecía muerto.

(*) denominador de aquellos quienes visten conjunto de jean con jean) corría directo hacia él.
(**) Gato de Gargamel
  • capítulo 4