4° Karnataka buen karma

El punto de partida para los viajeros fue la puerta de Samantha (mi bar diario) a las 9 am. Para mi sorpresa, Laura, una catalana que conocimos la noche anterior, se sumó al viaje por 5 días. Estaba ahí esperando mientras Mat llegaba al mismo tiempo que yo. Ya amo la puntualidad de este equipo. Parecíamos un chiste caminando: un polaco, una gallega y un argentino caminan por las calles de India… El chiste termínenlo ustedes, saben que la comedia no es mi fuerte.

Llegamos a Mapusa, donde se encuentra la estación de colectivos más cercana. Una vez ahí dimos una vuelta por el mercado y emprendimos la misión de buscar el colectivo correcto.

Excuse me, the bus to Panjim? – pregunté a un empleado de la estación.

Panjim – respondió el local y luego empezó a sonreír y mover la cabeza como los perritos que tiene los taxis de Buenos Aires (Bubble Head se llaman). Eso lo hacen todos, no sólo ante cada pregunta que reciben sino por vicio propio. Sigue sin responder mi pregunta. Lo observo en silencio. Por qué movés la cabeza? Qué carajo significa eso? Si? No? Tal vez? Qué me querés decir querido!?!? Volví a preguntar y me señaló para un lado de la estación.-Panjim! Panjim! Panjim!- gritaba un chico de no más de 16 años colgado de la puerta del colectivo. Subimos y el carismático niño sonó un silbato con todas sus fuerzas justo en el momento que yo pasaba por su lado. Así es como se manejan, todo a los gritos y a los silbatazos. Todo es un gran concierto (o desconcierto) de ruidos insoportables pero, mal que mal, funciona para ellos. Una nueva lucha de codazos por entrar al colectivo hasta que finalmente lo conseguimos. Los indios son raros. Son las personas menos educadas al momento de hacer una fila, pero una vez en el colectivo todos tienen una sonrisa y hacen lo imposible para que todos viajen de la manera más cómoda posible. Eso si, cuando tienen que bajar no les importa si te pisan, te pegan, te golpean con sus innumerables bolsas.

Luego de una hora y media sentados bajo el insoportable calor sobre un incomodísimo asiento, y un chai (clásico té indio) en  la estación de Panjim, llegamos a Ponda. Caminamos 6 kilómetros hasta llegar al primer templo. Ahí, tres niños, dos de ellos con la remera de Messi, saludaban emocionados y, después, por supuesto, pidieron 10 rupies. Che, pero qué lindo esto eh. Mirá la luz allá, los colores de acá…Ey! Ey! Out! Go out! Nos sacaron a las patadas, tan sólo llegamos a poner un pie dentro del templo. No entendemos nada y es imposible hablar con el guardia. – Go out! Go out!-  Seguimos nuestro camino hasta un gran templo. Este si vale la pena.

Andábamos en fila por una ruta de doble mano, sin mucho lugar para caminar y el tráfico que va y viene a toda velocidad. De repente un colectivo se frena delante nuestro, justo en el medio de la ruta como si fuera el dueño de la misma. ¿Margao?- pregunta. – Si ¡Margao!- respondimos a coro. Veinte minutos después estábamos en la estación del destino. Preguntamos la dirección hacia la playa y cuánto tiempo o distancia tendríamos hacia la misma. Para allá. 10 / 15 minutos. 5 kilómetros. 13 kilómetros. 30 kilómetros. Si. Esas fueron las respuestas que conseguimos. El tiempo y la distancia no existen aquí. Pero eso ya lo sabía. A las pocas cuadras caminadas, una camioneta onda Kangoo, frena ante nuestro pedido de aventón y se ofrece a llevarnos hasta la playa. Cuando abrimos la puerta, otro sujeto estaba ahí sentado rodeado de cientos de cajas con lámparas a tubo. ¿Cómo piensan que vamos a entrar todos acá? Qué genios! Indian Style: donde entran 3 entran 100.

Nos metimos en el primer hotel que encontramos, compramos unas birras y nos mandamos a la pileta del hotel porque ya era algo tarde para la playa. El bikini de Laura causó tremendo colapso mental para los locales y algunos turistas, era una mujer semi desnuda para ellos; tal fue la sensación que un chico salió corriendo, se metió a un cuarto y a los pocos segundos salieron 10 personas más a observar el espectáculo. Faltaron los aplausos, pero creo que todos disfrutaron el show. Después de un par de cervezas, Laura se fue al baño y yo aproveché para invitar a mi nuevo amigo Mat una cerveza más. Sure ,thanks. Where do you wanna go? No bro, i am not coming with you. Río y aceptó la birra.

La siguiente parada fue Gokarna, el sitio recomendado por sus famosas playas. Ahí pasamos una noche en Kudle Beach y otras dos en Half Moon, yendo por el día a Om Beach (llamada así por la similitud que tiene con el símbolo) y Paradise Beach, que de paraíso sólo tiene el silencio. Por la falta de electricidad en las playas, las noches fueron tranquilas pero divertidas. Guitarreada junto con tres austríacas, una iraní, dos alemanes, un coreano, un suizo, un inglés y un sudafricano. Todos tomando cerveza a temperatura ambiente disfrutando de la noche. Un día escuché una tonada conocida, eran una uruguaya y un español, recién llegados. Entre charla que va y viene coincidimos en dos cosas: Cabo Polonio es un lujo al lado de esto, y el gallego (Javier) es amigo de Jorge, un amigote de Buenos Aires. Increíble, el mundo es más que pequeño.

Nos despedimos de Laura con mucho cariño y emprendimos caminata hacia Murudeshwar, luego de un par de kilómetros hasta la ruta comenzamos el duro trabajo de hacer dedo, pero a los cinco minutos, un indio y su mujer austríaca frenaron delante nuestro. Van exactamente hacia Murudeshwar! Cambiamos el paso lento de bajo del sol, por 80 kilómetros en un auto con aire acondicionado, eso no pasa todos los días. Nos dejó justo en el templo. Es el monumento a Shiva más grande del país. Ahí nos recibieron cien millones de niños, la mitad con la remera de Argentina o Barcelona y “Messi 10” en sus espaldas. Todos pedían monedas. No pedían plata, sino que lo que buscaban eran monedas de nuestro país de origen sólo para coleccionar. Así que ya saben, si vienen a India, traigan una bolsa con monedas. El templo es impactante. La organización desorganizada también funciona aquí. Para subir al piso más alto tuvimos que hacer una fila hacia el ascensor en el cual cabían 6 personas y metían 12 mínimo. De nuevo a las peleas, codazos y empujones. Simplemente no entiendo. De repente me vi rodeado por una decena de chicos que preguntaban de qué país era, para luego pedirme si podían sacarse una foto conmigo. Por lo visto, mi fama que comenzó en Bombay, llegó hasta el sur. Al final del viaje me di cuenta que era algo común, ya que en cada templo, pueblo o ciudad que caminaba, siempre venían con el mismo pedido de la foto.

Dejamos a Shiva gigante y nos fuimos para Udupi, con una escala en Bathkar para cambiar de colectivo y llegar a Kollur, lugar recomendado por Nella. El calor era más que insoportable cuando bajamos en la estación. Caminamos hasta el templo cargando con las mochilas, las remeras empapadas y las caras ya marrones por la tierra que levantaban los autos o colectivos que pasaban por la calle. Era domingo y en el templo había nada más que miles de millones de personas. La fila para entrar parecía interminable por lo que decidimos ver únicamente la parte de afuera y sus alrededores. Y seguir camino hacia Udupi. Ahí conocimos a Kevin, un inglés que vive caminando por India hace varios años. Camina entre 30 y 50 kilómetros por día, medita y hace 11 años que se abstiene del sexo. Cada loco con su tema. Kevin nos ayudó y nos guió un poco por la ciudad. Nos llevó a la plaza principal donde vimos distintos pequeños templos y después al mejor restaurante del lugar. Arroz con huevo por favor. Cómo que no tiene huevos?! Bué, arroz nomás. Eso es lo que más o menos vengo comiendo luego de haber probado la comida local y haber sentido el fuego en cada bocado.

Hicímosle caso a la guía que compramos en Gokarna y nos dirigimos hacia Perdur en donde, de pura casualidad, ese mismo día había tremenda corrida de toros. Pocas cosas tan idiotas y odiables como esa. Cuando llegamos al pueblo, eran 3 cuadras y una estación de servicio. La corrida había sido el día anterior y era a 40 kilómetros de ahí. Lo más interesante del lugar eran los pequeños monos saltando de rama en rama o corriendo por la calle. En la estación nos indicaron el camino hacia Sringieri. Nos separan otros 40 kilómetros y los locales nos miraban impresionados por nuestra predisposición a caminar tanto. A los pocos kilómetros frena una moto. – Hola, son judíos? – pregunta. – No – respondimos a coro y el flaco se fue. No me pregunten, yo tampoco entendí qué pasó. Al instante, otra moto se detiene. Claro, cuando ves una moto ni hacés dedo, está bien que meten mil donde entran cien, pero tres en una moto no da. El tipo se nos puso a charlar y se emocionó cuando le dije que era argentino; él es tenista y fanático de Del Potro y Nalbandian, – Argentinians players likes fiesta – claro, después nos preguntamos cómo es que seguimos perdiendo ante España.

En Sringieri encontramos un templo de un gurú, y nos metimos a ver. Era un campo enorme con algunas construcciones antiguas muy interesantes, pero lo más interesante fue cuando quisimos entrar en el templo mismo. – Hey! No shirt – claro, como no podía ser de otra manera, acá las cosas funcionan al revés que en el resto de las religiones. Para entrar al templo la regla es sin zapatos ni remera. Grata la sorpresa cuando vimos que el mismo señor gordo y barbudo de las fotografías de la entrada estaba ahí en ese mismo momento. Los indios hacían fila a la espera de recibir la bendición del mismo, algunos recibían algún tipo de alimento y se retiraban caminando hacia atrás agradecidos y terminaban de rodillas frente al gurú.

En una travesía de colectivos y levantadas en la ruta, el día siguiente fue puro turisteo por los templos de Belur, Halebidu y Shravanapatna, uno más impactante que el otro. Los detalles que muestran parecen imposibles de haber sido obra de sólo un par de manos humanas. Belur es imponente, Halebidu tiene los mejores detalles y Shravanapatna está en una montaña y para llegar tuvimos que subir 467 escalones casi como tallados en la montaña. La vista desde la cima es realmente increíble. Luego de una larga sesión de fotos (y más fotos con hindúes que pedían como favor) bajamos los 467 escalones, al final descubrimos que por 400 rupies te suben y te bajan en una especie de sillón levantado por cuatro hombres. No lo hubiese pagado, pero…  Esos tres lugares son pueblos pequeños en donde se duerme barato y se come más barato aún. No tengo ni idea qué he comido en estos últimos días, pero comí. En Karnataka la mayoría de los pueblos son vegetarianos por lo que no tengo mucha opción más que cerrar los ojos, meterme lo que sea que hayamos comprado en el mercadito ambulante e intentar disfrutarlo. Para mi fortuna, descubrí comidas caseras muy ricas, llenas de fibras y vitaminas y, en especial, muy baratas. Perdón, en especial… aún sigo invicto contra la clásica reacción intestinal que produce la comida local, aunque confieso que creo haber perdido un par de kilos.

Cambiamos de aires y  nos mandamos hacia Mysoore, esta es una ciudad grande y muy linda; caminable y simpática de cierta forma. Bajamos en la estación central ansiosos por visitar lo que habíamos logrado ver desde la embarrotada ventana del colectivo. Un hombre nos ofreció llevarnos hasta un hotel. El camino era por una de las cuatro avenidas principales. En la vereda, el hedor a baño de cancha hacía complicada la placentera caminata, en los dos minutos que pasamos por ahí, al menos cuatro jóvenes  frenaron para vaciar sus tanques contra la pared. Es una especie de baño público. En fin, el hotel era bueno y barato. Fuimos a ver el Palacio Real pero estaba cerrado porque era feriado. En la puerta, uno de los taxistas nos dice que hoy no hay trabajo y que por 20 rupies nos lleva a recorrer la ciudad. Nos llevó a la casa de Raji, el mayor exportador de perfumes e inciensos de la India, manda cosas a todo Europa. Su madre, en la entrada de la casa, está sentada mientras mira televisión y arma 8 mil inciensos por día! Nos mostró todos y cada uno de los perfumes y para qué era cada uno; todo genial hasta cuando trajo la lista de precios – No, no gracias… no uso perfumes- la verdad que no eran caros, pero mi billetera de viaje no era gran cosa y quería quedarme todo el tiempo que pueda. Raji tenía una especialidad dentro de sus aromas: aceite de marihuana, el cual muchos remojaban sus tabacos regulares para darle ese toque especial. Y sí que lo daba, lo supimos confirmar esa misma noche.

Siguiendo el recorrido, el taxista nos llevó al mejor negocio de sedas. Ahí los precios si que se iban al carajo, nos atendieron con un té y una especie de masitas, e intentaron vendernos todo. Qué acaso no ven que estamos vestidos con una remera malolienta, traje de baño y ojotas? Piensan que vamos a comprar una bufanda de 100 dólares? Bue…. El taxista nos comentó que a él le pagaban un porcentaje por cada persona que llevaba al local.

Al día siguiente volvimos al Palacio, la entrada era 20 rupies para los locales, 200 para los extranjeros, pusimos nuestra mejor cara de indios, sacamos a todos en la fila a codazos, movimos la cabeza para todos lados y sonreímos frente a la ventanilla… El esfuerzo por intentar ser de allí no fue suficiente. 200 rupias y al demonio, por lo menos con la entrada te daban auriculares guías. La verdad que vale la pena. El Palacio Real de Mysoore es imponente y muy bien presentado.

Fuimos a la montaña Chamudi y a la noche visitamos los jardines de Brindavan en donde dan un juego de luces, agua y música, pero lo más interesante para ver era la reacción de los indios ante los mayores saltos del agua. Explotan de risas, aplausos  y gritos. La fuente principal está rodeada por un semi círculo de escalones que hacían la suerte de tribuna, el resto de los visitantes estaban sentados en el piso, en los 5 metros que separan la fuente de los escalones. Me paré un segundo para tomar alguna fotografía de la fuente y… zas! Siento un golpe en el hombro. Cuando me di vuelta, vi a un policía que tenía una pequeña vara de caña de un metro y con ella le pegaba a toda persona que esté parada interrumpiendo la visual de los demás espectadores. Fantástico.

En la estación de Mysoore nos dijeron que el colectivo a Nagarhole (wildlife sanctuary) salía en una hora. Pasada esa hora, nos dijeron que sería en 2 horas. Así esperamos 4 horas hasta que nos dijeron que se canceló el colectivo y decidimos ir directo a Madikeri. Otro pequeño pueblo que recorrimos en un día. Un fuerte, un museo del mismo y el asiento de Raja, donde el gobernador se sentaba a ver el amanecer y el atardecer todos los días, desde ahí se puede ver gran parte de los alrededores de la ciudad delimitados por una cadena de montañas. Como no pudimos ir al Wildlife Sanctuary en Nagarhole, fuimos al de Madikeri, pero cuando llegamos (onda 2 de la tarde) los elefantes estaban “durmiendo”. Fallamos de nuevo. No entiendo qué buscábamos de todas formas, los enormes animales pasean por las calles como perros.

El próximo destino fue Mangaloore, otra ciudad sin mucho que contar pero cerca de una playa que se llama Ulalá. “No puede ser feo” pensé cuando me lo contaron. Bueno, mentira, es horrible y lo único que hay es un viejito con su kiosko ambulante. Después de media hora volvimos a la ciudad y al día siguiente nos tomamos el tren para emprender la vuelta a Arambol. Frenamos en Palolem por dos días y luego de un tren y dos bondis volvimos a Ponda donde intentaríamos una vez más llegar a un Wildlife Sanctuary pero en la estación nos dijeron que estaba cerrado. Parece que los animales están en nuestra contra. Otros tres colectivos y volvimos a casa.

Nella, Tore, los perros, los gatos y la tortuga estaban ahí esperándonos, Adriana volvió a New Orleans, Andrew fue expulsado de la vecindad por borracho insoportable y ahora vive del otro lado de la montaña. Se sumaron al grupo dos noruegos más, padre e hijo, Tom y Birk, muy buena onda. Fuimos a Samantha. – Efe! Welcome home! – me saludaron  Alí, Rohitg, Yogi y Raj (los empleados del bar), faltaba Lee, no estaba trabajando más allí. De verdad se siente como en casa. Con ellos pasaríamos navidad y año nuevo. Me quedo en Arambol hasta el 5 de enero más o menos y luego zarpo hacia el este con destino Varanasi, Calcuta, Delhi, Agra e Himalaya.

Para hacerles un poco más entretenido el cuento, acabo de hacer cuentas y me quedan 500 rupies (10 dólares) por día para gastar hasta el día de mi vuelta a Europa. Si, divertido para ustedes! Yo estoy en economía de guerra intentando sobrevivir en India…

Hasta la próxima. Sean felices.

Shanti shanti.