5° Jaque al Rey

Las amenazas fueron ineficaces. Toni corrió en círculos con desespero por las calles, en busca de desprenderse de sus perseguidores en cada esquina. Al llegar al puesto de Don Alfonso, entró sin prestar atención y se escondió tras la puerta. Agazapado. Espiando. Al poco tiempo el silencio vacío que lo acompañaba hizo ruido.

La heladera donde guardaba el fiambre y servía como mostrador, ocultaba casi todo el frente, al final una pequeña puertita hecha por el mismo almacenero, permitía el paso. Estaba abierta. Contra el piso, un charco de sangre aún se deslizaba como la arena en el reloj. Toni se asomó en silencio, el viejo Alfonso aún respiraba. Por las marcas rojizas en su arrugado rostro, se supo de un puñetazo en la mandíbula y algunos otros que lograron vencerlo. El golpe final lo propuso el piso que él mismo había puesto años atrás.

Salvajes cobardes quienes llevaron a este septegenario a tan desgarrador aspecto. Aparté mi apremio hacia la libertad para socorrer a mi camarada. Tosió, tosió una y otra vez dejando su adn por todos lados. Inexperto en la materia de primeros auxilios, pero conocedor del sentimiento, prioricé sus heridas internas acercándole una botella de whisky. Seguido, un balde lleno de agua y un viejo trapo húmedo que enrojecía el líquido. Una repentina sombra me recordó porqué había llegado allí, Don Alfonso señaló con su artrósico índice unas llaves colgadas de un clavo contra el mostrador. Una de ellas se llamaba Puerta Trasera.

Tomó las llaves y se acercó en silencio a la puerta. Escuchó su nombre repetidas veces, pero logró divisar por una sutil apertura que quienes custodiaban la entrada, confundidos, no vestían denim ni zapatillas rojas. Además de su nombre, repetían el lunfardo guita y cientos de diferentes adjetivos discriminativos hacia el poseedor del rastreador.

Aprovechó la reunión casual y partió por la puerta trasera sin ser visto. Llamó a la policía y pidió una ambulancia con suma urgencia para Don Alfonso. Hubiese sido acertado solicitar el mismo pedido para su persona. Arrastrado por dos matones que surgieron del aire, Toni fue arrojado al interior de un viejo Ford Falcon celeste en donde le propiciaron una nueva golpiza que retroalimentaría los hematomas viejos. A lo lejos, un pequeño grupo fue testigo, desde la puerta del almacén, cómo el Falcón celeste desaparecía en el horizonte.

Desperté de un nuevo golpe, que dista luz a despertar de golpe. Sentí la lengua boba, mordida, independiente. Hilos de baba espesa mojaban mis labios. Maniatado por la espalda. Inmóvil. Unas gruesas y ásperas manos lijaron mi cuello al rodearlo por detrás. A voz ronca, ceceosa y apesto a Parisienne el reconocible dueño del taller, y jefe, pedía explicaciones sobre quien sé yo qué cuánta cosa del cómo y por qué de anoche. Tampoco entendí tanto.

Observó desde y como pudo la situación en la que se encontraba. Recreó en su cabeza diferentes movimientos como solía hacer de niño en las partidas de ajedrez que disputaba con un joven policía aspirante a jefe las noches que delinquía con torpeza. Se encontró en Jaque.

  • Capítulo 6