8° Incontrol

Ensordecido por las imágenes, Toni dejó caer el brazo con el que sostenía el arma y volvió al inicio de la reproducción. Leandro vociferaba con dolor y rima que no sabía nada de una mochila, qué todo fue por una mina; menos aún sabía lo del coche, si con todo esmero apenas recuerda la anoche. Colérico, abandonó el ángulo que le correspondía y anduvo firme hasta donde su hipotético amigo quien se había convertido en merecedor de la próxima bala.

Un celular comenzó a sonar. Los presentes se volvieron unos a otros en busca del dueño del timbre. El viejo obeso dueño lanzo un inzulto a Gabi y le ordenó responder el llamado. No era su celular, no supo reconocer el sonido. Una voz gruesa del otro lado del micrófono no dejaba tiempo para respuestas.

Antonio! Ya estamos en camino. Todas las unidades tenemos un 325 en progreso, repito un 325 en progreso. Ya llegamos Toni, aguantá. Esperen nuevas indicaciones.

Toni deseó tener una segunda arma y la puntería para destrozar el aparato telefónico a balazos, pero se tuvo que conformar con lo que tenía. Dejó de apuntarle a Enrique, ahora, desorientado, balanceaba el revólver orientándolo de un lado a otro en busca del próximo receptor de amenazas.

Las sirenas de los patrulleros no tardaron en asomarse desde el viento. El taller se convirtió en una estampida de incongruentes y temerosos cuerpos que peleaban una lucha que aún ni había dado comienzo. Estaban rodeados. Los uniformados coparon el recinto. El dueño era presa fácil pues nunca podría ir tan lejos. El resto se dividió en quienes perdieron varios dientes y quienes no.

El desfile de malhechores por la comisaría se hizo desear. El pasillo vestido de azul con sus destellos dorados, lanzaba oleadas de aplausos por los miembros de la comisaría mientras, cabizbajos y esposados, los vándalos seguían a paso lento.

Al final del  pasillo, la puerta de madera con parte de vidrio avisaba en letras negras que, allí, se encontraba el Capitán de la comisaría. Abriose la puerta de manera estrecha, asomó una cabeza y de un grito, el jefe ordoné al oficial Antonio Vargas, a prepararse para una nueva y rápida partida de ajedrez, mientras ponían sobre la mesa una nueva próxima misión.