8° Lassi Varanassi

 

Mochila al hombro, últimos saludos de despedida a la distancia y, junto con Henriikka, emprendimos camino hacia la santa ciudad de Varanassi. Tomamos un colectivo local de 7 rupias hacia la Terminal de tren de Howraw (a la ida el taxi nos había salido 100 rupias a cada uno), el bondi estaba que le salían indios por las ventanas pero, a pesar de eso, el conductor frenaba en cada cuadra para invitar a un nuevo muchacho a amontonarse con el resto. Henriikka me confirmó, una vez llegados a la estación, lo que sospeché durante todo el viaje: le tocaron el culo constantemente a pesar de mis miradas desafiantes (259 contra 1, no es partida fácil).

La estación es gigante, tenemos dificultades para encontrar el andén correspondiente y tampoco aparecía en el cartel electrónico. A unos pocos metros de la entrada, observo una pequeña mesa improvisada con dos bancos y una madera en donde se ofrecía ayuda al extranjero. Me acerqué y vi que el ayudante tenía un broche en el chaleco que decía “I am here to help you”. – Namasté, I am looking for the train to Varanassi. Yes. The train to Varanassi? Yes, Varanassi. Do you know which number is the train to Varanassi? Train to Varanassi. Insistí hablando un inglés pausado y haciendo todas las mímicas posibles luego de haberle entregado el ticket y señalarle una y otra vez el nombre del destino. Todo ello parece confundir más al querido empleado. Sin lograr ningún tipo de avance, él se rinde antes que yo, y va en búsqueda de otro miembro del staff quien sí hablaba inglés. “Number ten sir. The train is just there.” Estaba frente a nosotros.

El viaje al principio fue sumamente tranquilo, más allá de los clásicos problemas de sobrepoblación al cual ya estoy más que acostumbrado. A Henriikka le tocó una de las literas del costado que son mejores por su comodidad, amplitud y la imposibilidad de encontrarte con un local pidiendo un lugarcito; ese si fue el primer problema para mi, dado que ya siendo tres en el asiento/litera un flacucho pasado de gel se me acerca y me pide que me mueva hablando su hindi natal y haciendo un gesto con la mano para que no me quede ninguna duda. – No entiendo hindi, pero de acá no me muevo. – le respondí en español mientras negaba con la cabeza. Gestos básicos. Idioma universal. Se fue a sentar a otro lado.

Caída la fría noche, intentaba dormir cubriendo mis pies con la manta de Turkish Airlines y el cuerpo con el fino pareo de Imperial (birra costarricense que hoy extraño más que nunca) pero la baja temperatura no fue el único inconveniente. Cuatro hombres uniformados me mueven del brazo y se presentan como “La policía del tren”, uno de ellos me revienta la córnea con una linterna y me advierte que no coma ni beba nada de lo que ofrecen en el tren ya que puede estar envenenado. Los otros tres “policías” sólo miran y abren paso para dejar pasar a un niño vendedor de bebidas. Por supuesto que le hice caso al oficial (bendita la compra de sustentos previa al viaje). De todas formas, mientras los cuatro monigotes se marchan, me pregunto si no sería más fácil que cada uno de ellos vaya por diferentes vagones agarrando y echando a los vendedores en lugar de abrirles paso o molestar a cada pasajero con apariencia visitante.

Listos para el descenso. – Para Varanassi faltan 3 paradas – nos indica un joven frente a nosotros. Con Henriikka intercambiamos opiniones de malos y fríos ratos nocturnos mientras que en cada una de las paradas previas a la nuestra el tren se demoraba unos treinta minutos para que los pasajeros bajen o suban al mismo. – Tomemos esto con calma sino nos vamos a volver locos. – le dije a mi compañera. – Si, esperemos a que bajen ellos y nos mandamos después – opinó ella. Dicho y hecho, minutos antes de llegar a la estación, una fila de indios ocupaba el pasillo del tren para ambos lados de las salidas.

Una vez que encontramos el pasillo pseudo vacío, pudimos bajar de la litera y agarrar nuestras mochilas, pero al instante todo volvió a su normalidad (o a su anormalidad), parecía una película de las viejas que van más rápido que lo normal. Una coreana agarra mi guía de Lonely Planet Norte de la India (regalo de Jose Ramos) y se la intenta pasar a un compatriota que se encuentra fuera del tren, la agarro de la campera y la devuelvo a su asiento de un saque, miro hacia afuera y señalo al cómplice – You wait there! – lo amenazo. Lo sé, luego del bocinazo de Calcuta, mi paciencia se encuentra cada vez más desgastada. La coreana me mira confundida mientras se agarra el brazo, la puteo en español y en inglés para que le quede más claro mi descontento con su intento de robo. Entre aquella situación y la dificultad de cargar nuestras mochilas por la multitud entrante Henriikka se ve detenida en la mitad del pasillo. Tomo el primer lugar y le digo que me siga sin darle importancia a los demás pasajeros. Indian style. Un viejo con apariencia nepalí se para delante de mí sin darme opción a paso mientras parte de su familia se acomodaba en los asientos y el resto trababa la salida con cajas y bolsas de ropa. Con un brazo logro hacer lugar para que mi amiga finlandesa pase e intente llegar hasta la puerta. La pierdo de vista. Corro al viejo. Salto un cochecito y dos valijas. Piso a alguien. Empujo a otro. Veo la luz que se asoma desde la puerta y el rubio pelo de mi compañera. Me pongo en piel de puma y logro llegar hasta ella que estaba al borde de la puerta. Demasiado tarde, el tren ya había arrancado. – ¿Saltamos? – me propone la blonda, y yo como un boludo hasta saqué la cabeza por la puerta, miré y pensé en hacerlo.

Para la siguiente parada debíamos esperar unos diez minutos por lo que decidimos esperar. En ese tiempo me dediqué a cuestionar a los pocos indios que no trataron de ayudarme y agradecerles a los que sí lo hicieron. ¿Por qué tienen que ser así? ¿No se dan cuenta que si se organizan pueden entrar y salir todos en paz? Sus respuestas fueron simples miradas desinteresadas y el clásico movimiento de cabeza. En eso veo al viejo que obstruyó mi camino sentado en mi asiento con una gran sonrisa. – This is your fault. Repelotudo –  le digo con el mismo énfasis que insultaba en Buenos Aires al mismísimo Sr. Marinozzi en alguna oportunidad. Cuando el tren se detuvo luego de impresionantes exactos diez minutos, un local nos indica que bajemos. Miré hacia todos lados, no había escaleras ni plataformas, sólo vías. Salté primero, Henriikka me pasó las mochilas y después la ayudé a bajar. ¿Y ahora? Estamos en medio de la nada, sólo vemos tres vagos y una vaca. Caminamos unas cuadras hasta la “civilización”. Pedimos un rickshaw y nos lo presupuestan a 700 rupias. – Esta no es la primera vez que vengo acá, sé que sale 150 y no más que eso – le contesto mintiendo esperando que caiga en mi timo, pero no. En el siguiente intento si tuvimos éxito, pero en lugar de un tok-tok (así también le llaman al rickshaw, o ato, en su defecto) motorizado tomamos uno a pedal. Si, a pedal literalmente hablando. Al principio pareció ser una cosa divertida y simpática, pero luego de ver al pobre flacucho pedaleando con sus últimas fuerzas mientras nosotros, con todo el pesado equipaje, disfrutábamos la visual desde el asiento, el sentimiento fue totalmente en contrario. Una sensación de malestar, tristeza, vergüenza y confusión invadieron mi cabeza. Por un lado entiendo que le estamos dando trabajo a una persona, pero por el otro nada de esto tiene sentido con la vida de un ser humano en el siglo 21. Después de una hora de sufrimiento para el pobre tipo y tres paradas para descansar. Llegamos a la santísima ciudad de Varanassi.

Introducción a la ciudad para aquellos que desconocen todo sobre ella. Varanassi es una de las ciudades más importantes para el país. Por ella pasa parte del río Ganges (mother ganga, para ellos) el cual creen que es sagrado y con sólo bañarse en el mismo uno queda limpio de todo pecado. En ese mismo río arrojan a las embarazadas y niños fallecidos no sin antes prenderlos fuego, al resto de los cuerpos los convierten en cenizas con anterioridad sobre las escaleras de los ghats (como pequeños puertos). En ese mismo río también es de donde beben, se bañan cada mañana, lavan su ropa, bañan a las vacas y ni hablar de las “ofrendas” que le brindan, y toda la basura que le arrojan. Aún así, ellos siguen considerándolo santo. Por mi parte no creo haber tenido tantos pecados como para tener que bañarme ahí. Según la guía, el río cuenta con más de quince millones de bacterias.

Pequeño Gran detalle: como es una ciudad santa, no se vende alcohol en las inmediaciones de la misma. Obvio que siempre se puede conseguir algo de contrabando, pero la cerveza que en Goa sale 70 en un bar (130 en la mayoría de los demás lugares) en Varanassi sale 200 rupias. Como todo esto ya lo sabía, traigo en mi mochila una botella de ron barato y muchas ganas de brindar con él. Para cuando nos quedamos sin, con Henriikka conseguimos un bolichín que vendía pero demasiado caro por el “impuesto a cara de extranjero boludo”, por eso, mandamos a un joven simpático que frenamos en el camino y el precio no fue tan exagerado. Como dije en alguna oportunidad: todo se puede conseguir en la India.

Un día, paseábamos por los ghats junto con Henriikka y logro ver dos rostros familiares, son Tom e Isa quienes paseaban en su último día en la ciudad esperando el tren que, junto con una larga combinación de buses, los llevaría hasta Nepal. Junto con ellos estaba Cony, una alemana rasta buenísima onda que habla español también. Fue un grato reencuentro y una nueva y triste despedida con las mismas tal vez posibles promesas de siempre. Aún así, estoy muy contento por haberlos visto una vez más. Antes de su partida, fuimos a compartir un chai en una de las escaleras de los ghats y me presentaron a otra pareja catalana (Vero y Alberto) y a un “baba” (viejo sabio) que habla español de una manera u tanto complicada. ¿Argentino? Los argentinos locos. Todos locos. Fuego grande, muy grande. Meten una vaca ahí. Las risas de los europeos no se hicieron esperar. Yo sólo imaginaba un asado y pensaba cuán locos están estos que creen santas a ese delicioso animal.

Varanassi es mucho más tranquila que las otras ciudades. También es más pequeña, claro. Está compuesta por unas cuatro calles principales y luego son pequeñas calles (los galis) que no tienen sentido de dirección alguno, son puras curvas y contracurvas y no caben más de dos personas juntas caminando cómodas. Pero para ellos eso no es problema, no sólo andan en bicicleta sino que también se pasean con su “honda hero” a no más de cinco kilómetros por hora ya que es totalmente imposible ir más rápido que eso. No los entiendo. Además de las bicis, las motos, los carritos ambulantes, las multitudes y los perros, está las gigantescas vacas tiradas en el medio por lo que uno a veces debe cambiar el rumbo o intentar saltarlas. ¡Ah! Detalle no menor: ni hablar de sacar la mirada del piso, si no es bosta de vaca, es un tremendo regalo de perro o simplemente meo humano, ya que estos usan cada pared como si fuese un inodoro. Asumo que así bendicen las paredes de la santa ciudad. Los olores pueden ser sumamente insoportables, pero perderse en los galis es la mejor manera de conocer esta rara pero magnífica ciudad a la cual llegué por tres días y me quedé siete. Es sin duda, uno de mis lugares preferidos (amén del frío). Hay un pequeño detalle sobre los indios que acabo de recordar nunca he mencionado antes y pasó a ser un nuevo problema en las caminatas diarias en las estrechas calles. Muchos de ellos, no importa su edad, pelo o tamaño, caminan abrazados o agarrados de la mano. Esto, como dije, se convierte en un nuevo obstáculo para el paso. Según me explicaron, más allá del altísimo índice de homosexualidad que cuenta el país, es más bien una costumbre, un símbolo de amistad. Aunque yo considero que la única culpable es su reprimenda sexual. También cuando duermen en el tren o viajan en el colectivo se los puede ver sentados unos arriba de otros o acurrucados en poses extrañas.

Aparte de los galis, como les dije, Varanassi tiene un par de calles principales más grandes que el resto. ¿Cómo explicarles la calle principal de la ciudad? Bueno, para empezar, desemboca en el ghat Dasaswamedh que es el más importante. Tiene el ancho como de una calle normal de Buenos Aires, pero con una baranda en el medio que no significa absolutamente nada ya que el tránsito corre para el lado que el conductor quiera, además de ello, hay un negocio pegado al otro, u vendedor de piso frente a ellos ofreciendo comidas o artesanías, motos y scooters por todos lados, rickshaws, bicicletas, mendigos, ofrecedores de todo, lectores de manos, perros, enfermos, vacas, señoras con serpientes en un plato que piden plata sólo por verlas y, por supuesto, miles de miles de ellos. Imaginen el placer de caminar por allí. Pero estas particulares calles tampoco son lo más especial que tiene la ciudad de Varanassi es…

Los días pasan caminando ente los galis y en largas visitas a los diferentes ghats de la ciudad. A veces la caminata por entre los locales a orillas de las escaleras se puede volver un tanto engorrosa. Los muchachos se acercan a ofrecerte hasta lo que no tienen. En una de esas caminatas, cuando Tom estaba en la ciudad se acercó uno a ofrecer literalmente – lo que necesite –, a mi amigo inglés le divierte molestarlos un poco y le respondió que lo que necesitaba era un helicóptero, el otro sonrió, negó y se fue. A los dos días los buscadores de turistas tenían un nuevo elemento en su menú: helicóptero! Ya nada me sorprende. Los vendedores son más molestos que las moscas. Y no se cansan de invitar a los turistas a pasar por sus negocios más baratos y originales que los demás. – Look, just look. Look, no Money. Look is free –  repiten en cada metro y luego, obvio que rompen las pelotas para que compres algo. A mi, para intentar sacarme un mango,  me empezaron a llamar “baba” sólo por la barba y el pelo largo, se peleaban para ofrecerme una afeitada o un corte de pelo. – I like it this way – es mi respuesta cuando elijo no ignorarlos por completo y seguir mi camino.

El primero que se acercó a saludarme, una vez que le acepté el estrechón de mano comenzó a masajearme y ofreció sus servicios de masajes corporales por sólo 20 rupias. A pesar del buen precio me niego a ello y en las próximas oportunidades saludo con las palmas juntas agachando la cabeza o simplemente les digo que no me gusta que me toquen y que se retiren. Depende del humor del día.

El río está bastante bajo pues no es temporada de lluvias, y del otro lado de la ciudad se ve la arena que, en invierno, es cubierta por el agua y pasa a ser el fondo del mother ganga. En una larga caminata de tres horas y pico, luego de caminar toda la ciudad y cruzar el puente, nos encontramos en esa orilla. La paz y soledad que ese lado otorga es una buena escapada a los insoportables vendedores de las calles principales. Y, para aquellos quienes disfrutan de la búsqueda del tesoro, ese desierto suele ser un buen lugar para encontrar viejas ofrendas al río, pequeñas esculturas y… huesos humanos! Nosotros vimos tan sólo un pequeño brazo junto con su mano, pero los cuentos de amigos y otros turistas proclaman haber visto cosas más extravagantes.

En Varanassi se encuentran cientos de comercios dedicados a la seda. En general, la mayoría de ellos, administrados por los musulmanes. A cada minuto un nuevo vendedor se acerca y ofrece lo mejor. Yo tengo una misión que cumplir: conseguir las mejores sedas para mi hermana. En una de las esquinas, uno de los molestos vendedores hizo la mejor jugada, unas cuadras atrás apareció de la nada cuando nos veíamos confundidos y en lugar de molestarnos con las ofertas se dedicó a indicarme cómo llegar al barrio de las sedas; el mismo nos volvió a interceptar minutos después cuando, a propósito, nos dirigimos hacia el lado contrario. – Hey, se fueron para el otro lado… estaba tomando el desayuno en esa esquina y los vi perdidos-. Obvio que nos venía siguiendo, y obvio que luego nos ofreció un tour por sus negocios. Sinceramente la variedad y colores es magnífica y mi deseo de adquisición aumenta cayendo en su trampa. Varios metros de seda para mi hermana y dos pañuelos espectaculares para mí. El peor resultado se lo lleva mi bolsillo, que por el gasto de las 800 rupias tendré que acortar mi presupuesto en los próximos días. Pero a decir verdad, es lo primero que me compro en todo el viaje. Todos saben cuán importante es el negocio de la seda en esta ciudad, pero aún así no es su atracción principal…

Una cosa que me ha dejado boquiabierto de esta ciudad es la insistente oferta de drogas que hay en cada esquina. Los vendedores acosan a los turistas con una variedad mayor que las del menú de cualquier restaurante. Eso no es nada, para aquellos quienes disfrutan de tales efectos, el mejor lugar para comprar es el puestito de la esquina que tiene el cartel que dice “Puesto oficial del gobierno”. Si! No es joda. Ellos también tienen un rincón donde ofrecen brownies especiales y otras cosillas. Pero esto aún no es todo. Varanassi es famosa por sus Lassies. Estos son simplemente jugos licuados de frutas con yogurt. Pero en algunos lugares donde sirven estos jugos se puede pedir, por medio de un guiño, el Special Lassi, el cuál consiste básicamente de marihuana. El color del trago es tan desagradable como su sabor, pero el precio es el mismo y la oportunidad es de alguna manera única. Junto a Cony y Henriikka decidimos intentar una vez más (con la blonda finlandesa probamos unos pero no resultaron nada especiales). En esta oportunidad pedimos el “strong”, lógicamente es el más fuerte de los tres tipos que ofrecen.

Sin darle oportunidad a mis papilas gustativas, pasé el trago como si fuese agua y encendí un cigarrillo para no captar el sabor del mismo. Buena idea: tomar un special lassi en Varanassi. Mala idea: subir a la terraza del hotel a jugar a las cartas unos minutos después. La vuelta a casa fue durísima, empezando por la bajada de las escaleras sin baranda alguna y seguido por la caminata de las laberínticas callecitas. Como dirían en la televisión: “chicos, no intenten esto en casa”. El resultado final un día entero en cama recuperándonos de la aventura. Al día siguiente descubrí que el hotel donde se alojaba nuestra amiga Cony estaba tan sólo a 3 cuadras, esa noche tardamos 2 horas en llegar.

Vencedores Vencidos. Y sí, el día D tenía que llegar. A todos les llega alguna vez estando en el país, por más que vengas por una semana, en algún momento sufrirás las consecuencias. ¿Qué es el día D? El día de la descompostura estomacal (por no escatimar en palabras y descripciones poco placenteras). Luego de más de dos meses en India y habiendo escuchado las experiencias de distintos compañeros de viaje, me considero un afortunado haber sobrevivido tanto tiempo. Básicamente todo lo que ingiero, mi cuerpo lo rechaza. Ha sido así por los últimos 10 días y el efecto no parece tener intención alguna de dejarme en paz. No sé cuánto peso he perdido, ni quiero saberlo. Pero todo lo malo tiene algo bueno, en este caso tiene tres cosas buenas:

1 – Como de nada me sirve comer, ahorro plata

2 – Estoy bajando de peso.

3 – Estoy ejercitando los cuádriceps, puesto que los baños de aquí no cuenta justamente con el inodoro, sino que es el simple agujero.

Gracias a la poca comida ingerida, el compartir el cuarto y la larga estadía en la ciudad, el presupuesto logró acomodarse un poco luego de las 800 rupias gastadas en los dos pañuelos. Pero con las buenas noticias también llegaron las malas: el dólar americano bajó entre dos y tres rupias su valor. Aún así, sigo manteniendo el presupuesto obligatoriamente planeado. Les paso algunos precios básicos de la India así se dan una idea, de todas formas, los mismos varían bastante entre ciudad y ciudad:

  • Tabaco: entre 230 y 300 rupias
  • Arroz o Noodles con vegetales: ente 40 y 60 rupias.
  • Coca (nunca pepsi) de 600: entre 25 y 30 rupias.
  • Agua mineral 1 lt.: 20 rupias.
  • Sedas para armar: entre 20 y 30 rupias (ocb negras)
  • Bananas: 10 rupias, la cantidad es la que ellos quieren pero ronda entre 4 y 5. Si dicen 5 no le preguntes cuánto salen 4 bananas, pues les enquilombas la vida y también te enquilombás vos.
  • Rickshaw: lo que ellos quieran o lo que uno acepte pagar.

El último día en Varanassi, Henriikka conoció al viejo yo que estaba guardado en algún rincón. Tomamos un rickshaw a la estación de tren para emprender viaje a Khahurajo (la ciudad de los templos del Kamasutra). Peleamos por el precio hasta llegar a un acuerdo de 100 rupias. A los cinco minutos nos damos cuenta que nos olvidamos las toallas en el hotel. Mi Toalla es el pareo de Costa Rica y no pensaba dejarlo. Le pido al conductor que se detenga y que de la vuelta que tenía que volver al hotel. – Ok, 100 de ida y 100 de vuelta – me dice entré lo que no puedo llamar inglés y algunas mímicas. Parece que no le quedó claro que necesitaba volver. ¿Para qué querría ir a la Terminal y luego volver? Después de tres intentos fallidos repitiendo el pedido y aceptar la respuesta sin sentido del conductor, perdí la paciencia y le grité que se detenga que me bajaba ahí mismo. Ahí si que eligió entender el pedido, dar media vuelta y volver. Mi mayor preocupación era el tiempo. Ya eran las 17:20 hs. y el tren partía a las 18 en punto. Corrí al hotel. Esquivé todo tipo de vendedor y bosta en el camino. Agarré las toallas. Volví al rickshaw. Henriikka, quien esperó junto al chofer y otros conductores, me comentó que se le acercó uno y le explicó que nuestro querido conductor, no sólo era pésimo en su trabajo, sino que no sabía nada de inglés; aún así se las ingenió bastante bien para pedirle casamiento a la rubia finlandesa. Llegamos a la estación a las 17:58 hs. justo para entrar y adueñarnos de nuestros asientos… Nos espera un viaje de 13 horas. Frío, sin nada en el estómago, sin ganas de visitar el baño del tren y con un pésimo humor.

Ya me estoy cansando un poco de algunas cosas que parecían simpáticas del lugar. Pero no me culpen, me conocen, no soy paciente y logré superar mucho más tiempo de lo que creía…

Shanti Shanti.

Sean felices