Sin Ti Mi Vida

Sin ti, mi vida.
De Efe Vogelius

        Aquella excelente velada de anoche, en la que estuvimos sentados durante horas en la galería de mi casa bebiendo más de una botella de aquél finísimo vino tinto que tanto nos gusta y fumando varios cigarrillos, terminó en un despertar vacío y solitario sin explicación alguna. Desorientado, busqué por todos lados de la casa algo similar a una nota de despedida, pero sólo encontré botellas vacías, colillas de cigarrillos y mi pluma descansando en el tintero amarillo. ¿A dónde te fuiste? ¿Cuándo regresas? ¿Por qué partiste sin siquiera avisarme, si sabes que te necesito a mi lado para seguir viviendo? No puedo creer que te hayas ido luego de jurar jamás dejarme. Pasé horas y horas buscándote, buscando alguna explicación a tu silenciosa partida.

            Furioso, triste y amargado, grité tu nombre al viento creyendo que aún estarías lo suficientemente cerca como para escucharme, pero no tuve respuesta algunas más que un tibio y aburrido silencio. Volví a llamarte, esta vez con la mirada al cielo intentando que por lo menos me escuchen en tu casa; para descanso de mi mente, una respuesta no tardó en llegar, me contestaron que volverías pronto pero no sabían a dónde te habías ido.

            Aquél descanso mental duró  lo mismo que un cigarrillo. Rompí cien vidrios de una patada y volví a gritar tu nombre, esta vez hacia los cuatro vientos. Esta vez, sólo silencio recibí a cambio. Sigo sin comprender porqué te fuiste de esa forma. Busqué en la mesa de luz el paquete de cigarrillos que guardo para emergencias y salí de mi casa. Ya no soportaba el encierro. La oscura soledad mataba mi mente y no lograba calmar mis lágrimas por no tenerte.

            La caminata por los oscuros campos se hizo interminable. Pasaron doce cigarrillos hasta que decidí volver a mi hogar creyendo inocentemente que habrías vuelto para ese entonces. Abrí la puerta de un fuerte tirón al escuchar ruidos dentro del la casa, pero para mi amarga tristeza era la ventana de la cocina que había quedado mal cerrada y se golpeaba culpa del constante viento. Sólo pensaba en ti. Sólo podía pensar en ti; en qué habías pensado o qué piensas ahora; si piensas, en qué crees que pienso yo. Si te importa acaso. Aún no logro entender que no estés ahora a mi lado, que me hayas dejado solo. Qué egoísta resultaste ser. Me abandonaste sabiendo que sufriría sin ti, que nada iba a ser lo mismo. No puedo dejar de quemar mi mente pensando ya no sólo qué será de mí sin ti, sino que iba a ser de ti sin mí. Pero tu elegiste irte y alguna razón tendrás.

         Pocos soles pasaron hasta que acepté tu partida. Si bien aún no lograba entender las razones de la misma, menos lograba comprender porqué fue de tal forma. Por lo menos ahora pude entender que estaba solo. Ya cansado de esta soledad, salí al pueblo una tarde a buscar una mano amiga que reemplace la tuya. Conocí allí a alguien increíble. Era tal como yo. Me entusiasmé mucho y hasta tal vez me dio un poco de miedo, era casi como mirarme ante un espejo. Tenía cientos de brazos para dar más calor que nadie con sus abrazos y, con cada uno de ellos, una mano para entregar y así tantas para recibir. Creí que estaba volviendo a ser feliz luego de tu partida.

       Una tarde llamé a mi nueva amiga y le dije que la pasaría a buscar. Vestí mis mejores ropas y a paso lento disfruté el largo camino hasta llegar a su hogar. Cuando salió pude ver, nuevamente, cuán hermosa era. Caminamos durante horas hasta detenernos en un acogedor bar. A pesar de la hora, quise ordenar un vino pero me dijo que no bebía alcohol, que prefería una botella de agua simplemente. Luego de la cita, la acompañé hasta la puerta de su casa pero para cuando quise tomar una de sus cien manos las escondió todas. Mirándome a los ojos me pidió disculpas y me dijo que ya todas tenían dueño, pero que me avisaría si alguna se llegase a liberar. Desilusionado, enojado, le pedí que ni se moleste en avisarme y volví a mi casa cual perro mojado. Como verás, espero sepas disculparme por haber buscado una mano amiga, pero nada pudo hacer que me olvide de tí, si bien encontré aquellas cien manos y me las negaron, sabía que ninguna de ellas sería similar, siquiera parecida a la tuya.

           Nuevamente solo frente a esta soledad que invadía mi espacio. Ante los primeros aires de debilidad grité al cielo un pedido de auxilio. Quisiera que estés aquí conmigo, hubieses cuidado de mi esta noche. Hubieses sido un hombro para mis lágrimas, hubieses sido la tinta en mi tintero. Ahogué mi dolor por el rechazo de aquellas cien amigas y la tristeza de estar sin ti, bebiendo todo lo que podía beberse de la bodega del sótano. El atardecer no vestía los mismos colores que cuando me abrazabas. Quise darle vida a mi pluma pero solo encontraba versos inútiles sin rima ni sentido. Tú no estabas presente. Al borde del delirio imaginé verte esa noche pasando por detrás de mi casa. Salí corriendo a tu encuentro pero choqué con un espejismo que me hizo tropezar hasta caer en el lago que ocupa gran parte del jardín trasero. Lloré solo de rodillas en el suave pasto. Lloré pues tú no estabas allí. Lloré porque tú no eras tú y yo no era yo desde que te marchaste.

       Dos días pasaron sin levantarme siquiera de la cama. Ni fuerzas tenía para llegar a la galería y allí esperarte. Al tercer sol decidí ponerme de pie y seguir de una buena vez. Dejé mi cólera a un costado. Busqué mi paz tratando de vencer al tiempo, regué las plantas, ordeñé las vacas, limpié la casa. Habían pasado ya algunos días y seguía sin tener noticias tuyas. En realidad, ya ni me importaba. Eso es lo que quería creer, ya que esa noche abrí una de las botellas de vino que siempre tomamos juntos y mantenía reservada para cuando vuelvas, saqué una copa y un atado de cigarrillos y renové la tinta del tintero amarillo.

       Me senté en la mesa de la galería para tomar inspiración y un poco de aire, quería mandarte una carta directo al cielo. Llegaron así primero los besos, luego las primaveras, las crisis del tiempo y cientos de amores eternos perdidos, pero todos parecían vacíos, pues faltaba tu nombre en cada rima. Con ellos se fue la primera botella,  que dio lugar a la segunda vela. Rendido pues no llegaban las palabras, te esperé esa noche en vela. El cansancio venció mis ansias por verte, dejé reposar la pluma en el tintero y mi cabeza durmió sobre mi mano izquierda sostenida por el codo apoyado en la mesa. El calor de la vela tiñó la pared de mi casa marcando mi silueta en ella. Recuerdo que pasé esa noche pensando en ti, en porqué ni siquiera habías intentado asomarte. Soñaba despierto contigo, que reíamos juntos, creo que lloré también. Un fuerte trueno, seguido por otros tantos, lograron despertarme de aquél sueño despierto y cortar con mi risa o mis llantos, no me había dado cuenta que un gran diluvio había comenzado hace ya un tiempo, fueron los charcos que se habían formado en mi jardín quienes lo hicieron notar. Dí un largo suspiro al darme cuenta que aún estaba allí solo.

      Pasaron así varias noches sentado a la luz de la vela esperando volver a verte. Por las mañanas enloquecía pues despertaba siempre sin tener noticias tuyas. Por las tardes me mantenía ocupado haciendo los quehaceres de la casa pero con la mente fija en ti, rogando para que vuelvas de una vez, esa y todas las noches. La agonía de la espera y tanta soledad pronto se transformaron en sueños. Estábamos juntos en todos ellos, en distintas partes del mundo, felices, riendo, juntos. Esa tarde no fue distinta al resto. Luego de una comida casera solo junto a mí, preparé la mesa de la galería y abrí una botella de vino, saqué una copa, los cigarrillos y remojé la pluma en el tintero amarillo. Juré que la esperanza lograría mantenerme despierto a pesar de la oscura noche y el cansancio de estar vivo. Sentí por momentos que estabas allí conmigo. Para no dejar lugar a falsas ilusiones caminé por el jardín para mantenerme despierto esperando tu llegada.

      La noche estaba vacía. Hice todo por seguir despierto. Creí saber que vendrías y volví a sentarme en la mesa para que no creas que me había rendido. Lloraron mis ojos porque los obligaba a quedarse abiertos, para darles un poco de descanso apoyé la cabeza sobre mi brazo izquierdo que descansaba sobre la mesa,  dejando el otro brazo estirado sosteniendo un cigarrillo. Una luz que reflejaba en un charco del piso molestaba el descanso de mi vista y para respetar su deseo giré la cabeza hacia el otro lado. Semi despierto, cuasi dormido, veía el cielo pensando en ti. Ví pasar un par de cientos de rayos destinados al mar y una eterna lluvia de estrellas. No les presté mayor atención pues sólo seguía pensando en ti. Siguieron pasando estrellas fugaces pero mis ojos habían dado rienda suelta y mi mente sacó a lucir su bandera blanca para caer rendida a sus pies y dar lugar a un nuevo sueño en el que estaríamos juntos, en el que dormirías a mi lado. Te extraño, te veo esta noche a donde quiera que soñemos estar.

      Llegó el frío seco de invierno y con él se fueron mis esperanzas de volver a verte. El calor de la salamandra en el living de mi casa se llevaba parte del aire y empañaba los cristales llevándose también la posibilidad única de ver hacia afuera. Pasé varias vueltas del minutero sentado en el viejo sillón de mimbre. Abrigado. Envuelto en una frazada que tejió mi madre, según me contó de niño, en aquél otoño que pasó contigo en el norte del país. El encierro entre esas cuatro paredes llegó a desesperarme, y tú seguías sin aparecer. ¿Cómo pretender seguir siendo si cada vez que entro en pánico no estás a mi lado para darme calma?

      Un grupo de amigos, que hacia ya un tiempo largo que no veía, vinieron a visitarme. Estaban preocupados porque me había ausentado los últimos dos martes, día en el que nos reuníamos a comer desde hace ya varios años. Tanto me conocían que trajeron consigo dos botellas de vino y un paquete de cigarrillos cada uno. Insistieron en que les de una explicación sobre mis ausencias, traté de contarles que me habías dejado, que ya no estábamos juntos y que no sabría si algún día volverías, que no encontraba razón alguna porqué creer que habíamos peleado y cuanto extrañaba no estar contigo. A pesar de ellos haber querido iniciar tal charla desde un principio, hicieron caso omiso a mis palabras. Sólo llenaban y rellenaban mi copa para llevarme cuanto antes con mi otro yo.

       Si hay algo peor que estar solo en soledad, es estar solo en compañía. De todos modos no los culpo por sus buenas intensiones. Llenaron las copas nuevamente y brindaron por lo que hay, por el presente, y por el olvido, yo callé en silencio y levanté la copa mirando al cielo pensando en ti, sabiendo que ya no estás a mi lado.

       Se fue la última sombra y la siguieron mis visitantes. Tan sólo había quedado una botella de vino sin abrir que, en soledad, duró lo mismo que la canción que sonaba de fondo en la radio del living. Asomado el delirium tremens salí a la galería aún envuelto en la frazada que me regaló mi madre y con los pies libres de todo calzado. Sin entender donde estaba parado, el frío parecía haberse hecho mi amigo, dejé caer la frazada al piso para encender un nuevo cigarrillo. Caminé hasta poder sentir el pasto mojado por el rocío del jardín creyendo que tal vez estarías por allí escondida entre los eucaliptos del fondo, pero no te ví. Caminé de un lado a otro de la galería fumando un cigarrillo detrás de otro, grité tu nombre mil veces al viento que había tirado mi tintero amarillo para que descanse sobre la mesa. Como siempre, nunca respondiste.

Busqué, dentro de la casa, una soga bien ancha. Hice un nudo de horca que había aprendido a hacer viendo películas antiguas y pasé la soga por la viga principal del techo de la galería. Ya nada valía la pena, ya todo estaba perdido. Mi vida sin ti no parecía tener sentido. Puse la silla, la misma en la que me sentaba a tomar contigo, frente a la soga y me paré frente a la muerte. Quise antes darme el lujo de fumar un último cigarrillo. Al entrar en la casa a buscar ese deseo final, tropecé con el escalón de la entrada, pues la casa había quedado a oscuras ya que hasta la salamandra se había apagado. Tan solo recuerdo levantarme al alba del siguiente día tendido en el piso de la entrada.

     La misma tarde me ayudó a entender porqué me habías dejado de tal forma. La esperanza por volver a verte continuaba dentro de mí, y me prometí esperarte allí para siempre despierto.

      Crucé el campo esquivando charcos y vacas que seguían allí pastando siempre en el mismo lugar. Trepé por sobre el alambrado que delimitaba mi propiedad y me dirigí hasta el pueblo para comprar decenas de cajas del vino tinto que siempre tomamos juntos y un gran abastecimiento de cigarrillos. Seguí mi rumbo hasta la pescadería más cercana y compré el mejor y más grande calamar para preparar litros de tinta, así nunca faltaría  en mi tintero amarillo. Volví feliz a mi casa para prepararme ante aquella tal vez eterna espera de volver a verte. Quise tener todo bien preparado para ese momento que sabía algún día llegaría. Quería que todo luzca como solía ser. Que parezca que nada ha cambiado. Salvo yo, y puede que tal vez tú también. Bien adentro mío, creo que sabía no faltaba mucho para que vuelvas.

       Limpié la mesa de la galería. Descolgué la soga que aún permanecía allí enredada en la viga principal del techo. Preparé suficiente tinta para que alcance toda la noche. Descorché una de las botellas de nuestro vino para darle tiempo a que se airee. Limpié el cenicero lleno de colillas. Removí la cera seca del candelabro y puse una nueva vela para aquella noche. Saqué dos copas del armario y busqué el encendedor y los cigarrillos que había comprado esa tarde. Saqué del placard mis mejores ropas. Todo estaba al cual lo habíamos dejado la última noche juntos. Tan solo faltabas tú.

       Una luz brillante quitó la oscuridad delante de mí, solo se marcaba negra mi sombra en el piso de la galería. Volteé rápidamente y allí estabas tú. Detrás de mí. Parada. Sonreí al verte. Enceguecido por tu brillo corrí hacia ti para darte un fuerte abrazo eterno cumpliendo las cuotas que nos debíamos en tu ausencia. No quería soltarte, no quería dejar de abrazarte, temía que vuelvas a dejarme. Cuando logré separarme, te miré a la cara y te insulté con calma, pero en mis pensamientos quise matarte por haberme dejado. Secaste mis lágrimas con un suave soplido y me invitaste a sentarnos a disfrutar del vino.

       Llenamos las copas y brindamos por el reencuentro. Permanecí en silencio admirando tu belleza. La noche parecía perfecta, como pintada por la mano de algún artista alemán del expresionismo. Estaba anonadado por volver a verte. Rompiste el silencio para intentar explicarme porqué te habías ido de tal forma, ni falta hizo, no dejé que termines de hablar, casi ni dejé que comiences a hacerlo. No me importaba más tu huída. Solo pensaba en disfrutar ese momento de nuevo frente a ti.

       Me preguntaste, luego, cómo había sido todo este tiempo separados. Ese tiempo sin ti. Intentando dejar las lágrimas a un lado, te dije que había sufrido en demasía durante tu ausencia. Te conté mi búsqueda de una nueva mano amiga y la imposibilidad de reemplazarte, de la visita de mis amigos, las mañanas y las tardes en soledad, y el tiempo pasado entre vinos, cigarrillos y velas consumidas. Te dije que grité tu nombre una y mil veces al viento, y que nunca respondiste. Que por más que haya sufrido como nunca, como nadie, creía haber comprendido, al final del camino, la razón de tu partida. Estaba todo anotado en mi libro de soledad.

     Hicimos un trato y preferimos dejar de hablar del pasado. Quise que jures jamás abandonarme. No me prometiste no volver a irte pero si que siempre estarás a mi lado. Eso ya era más que suficiente para mí. Nos dimos cuenta que somos tan independientes el uno del otro que tan sólo nos necesitábamos para seguir viviendo. Pues yo sin ti no soy yo y tú sin mí no eres nada.

       Volvimos a levantar la copa y brindamos por nuestra amistad. Grabé en mi memoria tu perfecta y redonda sonrisa y descansé escuchándote. Hice caso a tu pedido. Mojé la pluma en el tintero amarillo y te pensé, te sentí, te miré y sonreí, y terminé así esta poesía…

FIN